El camino era angosto y estaba lleno de barro.
Caminaba despacio, con la bolsa colgada al hombro y una mano cerca del costado. La herida casi no dolía. Eso, en lugar de tranquilizarme, me daba miedo.
Una flecha me había atravesado hacía muy poco. Recordaba la sangre, el dolor, la voz de Rilacia ordenándome que respirara y esa certeza horrible de que iba a morir entre las rocas. Pero ahora seguía de pie. Me cansaba, sí, pero podía caminar durante horas.
Eso no era normal.
Me detuve junto a unos matorrales y me levanté la ropa. La venda seguía apretada y sucia por el viaje, pero abajo la piel ya estaba cerrada, caliente y firme. Solo quedaba una marca fea donde antes estaba la herida.
Tragué saliva.
—¿Qué me hiciste, Rilacia? —murmuré.
El viento movió las ramas, pero nadie respondió.
Ya llevaba varios días usando el nombre de Lina.
Lo elegí porque era corto y común, una palabra fácil de olvidar. Nadie se detenía en un mercado a preguntarse quién era una muchacha llamada Lina.
Olúnida era distinto.
Olúnida significaba palacios, vestidos pesados y jardines vigilados, con guardias que bajaban la cabeza y nobles que fingían respeto mientras buscaban destruirme. También significaba ver a mi madre sosteniéndome la mano detrás de una reja, a mi padre ordenando mi encierro y el fuego que devoró mi casa.
Lina podía pasar entre la gente sin que la miraran dos veces. Compraba pan, dormía donde la dejaran, se tragaba el orgullo y seguía caminando aunque quisiera llorar.
Pero yo seguía sintiendo que mentía cada vez que decía ese nombre.
—No pienses en todo ahora —me dije en voz baja—. Solo camina.
Esa frase tampoco era mía. Rilacia me la decía mucho cuando el miedo me congelaba, repitiéndome que diera un paso, luego otro, y que no cargara con todo al mismo tiempo.
Me molestó recordarla, no porque la odiara, ya que eso habría sido más fácil.
Me dolía porque la extrañaba.
Apreté la correa de la bolsa y seguí por la orilla del camino. Había menos casas, más cercas rotas y demasiadas personas mirando hacia los caminos como si esperaran malas noticias.
Yo también las esperaba, pero entonces escuché un ruido de metal y me quedé quieta.
No era una carreta ni herramientas, sino una espada rozando la vaina, la armadura moviéndose y las hebillas golpeando contra el cuero.
Me acerqué con cuidado hasta una curva del camino y me escondí detrás de unos arbustos.
Desde ahí los vi.
Eran tres hombres armados. No parecían soldados en una misión oficial, aunque llevaban piezas de armadura y capas oscuras. Estaban sucios, cómodos, demasiado seguros de que nadie iba a detenerlos.
Frente a ellos había un hombre mayor con un saco de harina entre los brazos. A su lado, un niño de unos diez años apretaba los puños.
—Ya pagué en el pueblo —dijo el campesino, con la voz temblando—. Se lo juro. Le pagué al recaudador esta mañana.
El hombre del centro soltó una risa corta.
—Ese es problema del recaudador. Yo cobro aquí.
—Pero es harina —insistió el campesino—. Es comida para mi familia.
—Mejor. Entonces vale más.
El niño dio un paso al frente.
—¡Déjenos en paz!
Su padre lo agarró del hombro de inmediato.
—No, Tavi. Quédate atrás.
Sentí el pecho apretado.
Rilacia me habría dicho que me fuera, porque la conocía lo suficiente para saber que no lo pediría por cobardía. Ella entendía cuándo una pelea podía costarte la vida, mientras que yo todavía estaba aprendiendo eso a golpes.
Pero el soldado empujó al campesino, haciendo que el saco cayera al suelo y la harina se desparramara sobre el barro.
—¡No! —gritó el hombre, arrodillándose para salvar lo que podía.
El soldado lo golpeó con la empuñadura de la espada, tirando al campesino de lado. El niño gritó y yo salí de los arbustos antes de pensarlo mejor.
—Déjalo.
Mi voz no sonó fuerte, pero sí clara.
Los tres se giraron hacia mí. El del centro me miró de arriba abajo y sonrió de una manera que me dio asco.
—¿Qué dijiste?
El miedo me subió por la garganta. Aun así, no retrocedí.
—¡Que lo dejes! ¡Ya le quitaste suficiente!
El campesino levantó la cabeza, horrorizado.
—Señorita, no...
El soldado dio un paso hacia mí. La armadura le sonó en el pecho.
—¿Vienes sola?
No respondí.
Él sonrió más.
—Eso pensé. Las niñas solas deberían aprender a callarse.
—Y los hombres armados deberían aprender a no robarle comida a un niño.