—Sabía que te encontraría aquí —dijo Aiden con la voz suave, rompiendo el silencio de la mañana—. Solías venir a este muelle cuando necesitabas pensar.
Sostuve su mirada en silencio unos segundos. El viento helado nos despeinaba a los dos mientras el agua del lago golpeaba despacio contra los pilotes de madera.
—No hay nada que pensar, Aiden —murmuré, ajustándome el abrigo alrededor del cuerpo.
—Val, tenemos que hablar de esa noche —insistió él, dando un paso más corto hacia mí, con los ojos cargados de una súplica pesada—. No podemos seguir fingiendo que esos cinco años no nos pasaron por encima.
—¿Hablar para qué? —lo interrumpí, sintiendo que un nudo opresivo se me cerraba en la garganta—. ¿Para revolver todo de nuevo? Todavía duele, Aiden. Me costó años armarme de nuevo después de esa noche, y no voy a volver a romperme.
Aiden se congeló, como si mis palabras le hubieran infligido un golpe físico. Abrió la boca para responder, pero la amargura en mi rostro lo detuvo. Sin darle tiempo a nada más, me di la vuelta y me fui sola por el camino de hojas secas, dejándolo de pie en la punta del muelle, envuelto en el silencio melancólico de la mañana.
Al caer la tarde, la pesadez del muelle quedó sepultada bajo el ambiente festivo que mi madre y Thomas organizaron para celebrar su compromiso y la llegada de Acción de Gracias. La sala estaba iluminada con luces cálidas, el volumen de la música subía a medida que avanzaban las horas y las botellas de vino y whisky se vaciaban sobre la barra a un ritmo peligroso.
Aiden y yo nos habíamos impuesto una regla implícita: mantenernos a distancia.
Él estaba cerca de la chimenea, luciendo ridículamente bien con una camisa negra de mangas remangadas que dejaba ver los tatuajes de sus antebrazos. Sostenía un vaso de whisky con hielo mientras escuchaba a Thomas hablar sobre los planes de la boda. Sin embargo, no importaba cuánta gente hubiera en la habitación, sentía su mirada fija en mí cada vez que me movía.
Por mi parte, me apoyaba en la barra sirviéndome mi tercera copa de vino tinto. El alcohol empezaba a entibiarme la sangre, aflojando la rigidez con la que había cargado todo el día tras nuestro cruce en el lago.
—¡Brindemos por la futura boda! —exclamó mi madre con la copa en alto, haciendo sonar el cristal con emoción—. ¡Y porque la vida nos volvió a juntar a todos en esta mesa!
—¡Salud! —respondió Thomas, abrazándola por la cintura.
Aiden y yo alzamos las copas por compromiso, cruzando un destello de fuego sobre el borde del cristal.
—Recuerdo cuando estos dos andaban pegados para todos lados en el instituto —se rió Thomas con nostalgía, mirando a mi madre—. Cuánto cambió todo desde que nos presentaron... Pero miren qué lindo verlos hoy aquí, compartiendo como dos adultos maduros y educados.
Forcé una sonrisa perfecta para la foto familiar. Si Thomas supiera que el "adulto educado" me había tenido sentada sobre la mesada de la cocina a las dos de la mañana, se le caería el vaso de la mano.
En un rincón de la barra, el teléfono en mi bolsillo vibró. Lo saqué y vi un mensaje de Hanna comentando una foto del bebé de Nina. Sonreí hacia la pantalla, escribiendo una respuesta rápida con los dedos ágiles.
Desde el otro lado de la sala, vi a Aiden tensar la mandíbula de golpe. Tomó un trago largo de su whisky sin quitarme los ojos de encima. Odiaba no saber con quién hablaba, odiaba que sonriera mirando la pantalla y no podía disimularlo. La vena de su cuello se le marcaba con una brusquedad que me provocó un cosquilleo de triunfo amargo en el estómago.
Pero mi pequeña victoria duró poco.
Un par de minutos después, mientras Aiden caminaba hacia la barra para rellenar su vaso, su propio teléfono vibró en su mano. Vi el brillo en la pantalla y la mueca inmediata de fastidio que cruzó su rostro al leer el mensaje de Rebeca. Aunque no intentó ocultarlo del todo, guardó el aparato en el bolsillo trasero de su pantalón con un gesto brusco, clavando sus ojos oscuros en los míos justo cuando pasaba por mi lado.
Saber que ella seguía estando a un mensaje de distancia me provocó un arranque de celos amargos que me quemó la garganta más fuerte que el propio vino.
La música continuó subiendo de tono mientras los padres bailaban en el centro de la sala, ajenos por completo al huracán que nos devoraba vivos a su alrededor. Serví un chorro más de vino en mi copa y me lo tomé casi de un trago, sintiendo que la cabeza empezaba a darme vueltas suavemente. La combinación del alcohol, el recuerdo de mi confesión en el muelle y la tensión acumulada me estaba sofocando.
Necesitaba aire. Urgente.
Aproveché que mi madre y Thomas reían distraídos para zafarme del grupo. Caminé con pasos firmes hacia la parte trasera de la casa, abrí la puerta de cristal que daba al porche y salí a la penumbra de la noche.
El aire helado de noviembre me golpeó el rostro de lleno, sacándome un suspiro tembloroso. Me apoyé contra la barandilla de madera, cerrando los ojos mientras intentaba serenar el ritmo desbocado de mi corazón y calmar el mareo del vino.
Apenas pasaron diez segundos cuando escuché el sonido de la puerta de cristal deslizándose a mi espalda.
El calor de una presencia imponente me envolvió de inmediato. No me hizo falta girarme para saber que era él. La luz de la sala quedó bloqueada por la sombra enorme de Aiden, que cerró la puerta a sus espaldas, dejando afuera el murmullo de la música y encerrándonos a los dos en el frío y el silencio de la noche.
#390 en Novela contemporánea
segundas oportunidades romance y amistad, forced proximity, se aman en silencio
Editado: 11.10.2026