El aire helado de noviembre de poco servía para apagar el fuego que me quemaba por dentro.
Apoyé las palmas de las manos contra la barandilla de madera del porche, clavando la vista en la penumbra del jardín mientras intentaba que el mareo del vino se disipara. Detrás de las ventanas de cristal, la música de la fiesta seguía sonando y las risas de mi madre y Thomas retumbaban a lo lejos. Pero el sonido firme de unas pisadas a mi espalda me avisó que la verdadera tormenta acababa de salir a buscarme.
El calor imponente de Aiden se pegó a mi espalda antes de que pudiera reaccionar.
—Dijiste que nos comportaríamos como adultos —murmuré con la voz temblorosa por el alcohol y la rabia, sin girarme a mirarlo.
—Llevo cinco años intentando ser un adulto sin ti, Val —respondió él pegado a mi oído, con una voz rasposa y baja que me provocó una sacudida eléctrica en la espina dorsal—. Y créeme que no me funcionó para nada.
Se inclinó sobre mí, apoyando ambos brazos a los costados de mis caderas sobre la barandilla. Quedé acorralada entre la madera y la mole de su cuerpo cálido. Olía a whisky caro, a viento nocturno y a ese perfume masculino que durante años había sido mi único refugio.
—Apártate, Aiden —pedí en un ruego ahogado, aunque mi propio cuerpo se traicionaba echándose levemente hacia atrás, buscando su contacto.
—No me voy a apartar —soltó él con una firmeza voraz—. Me pasé toda la tarde viéndote tomar vino, acomodándote ese vestido y fingiendo que yo no existía. ¿Con quién hablabas, Valentina? Dime con quién demonios sonreías mirando la pantalla mientras yo me moría por dentro al verte en esa barra.
Me giré bruscamente entre sus brazos para enfrentarlo. La diferencia de altura nos dejó a milímetros. Mis ojos chispearon de furia contenida y celos amargos.
—¡Con Hanna! —le espeté en un murmullo furioso, golpeando suavemente su pecho rígido con el índice—. Hablaba con mi amiga sobre el bebé de Nina. ¿O acaso pensabas que estaba buscando a alguien para reemplazar el desastre que dejaste? ¡No soy tú, Callahan! Yo no tengo a una modelo mandándome mensajes en medio de la fiesta para recordarme que existo.
Aiden cerró los ojos un segundo y apretó la mandíbula hasta que los músculos de la cara se le tensaron por completo. Cuando volvió a mirarme, sus ojos oscuros brillaban con una necesidad peligrosa, despojada de toda armadura.
—Rebeca no me importa un carajo —confesó en un susurro áspero, acortando la brecha entre nuestras bocas hasta que sus labios rozaron los míos con cada palabra—. Ni ella, ni las fotos, ni los contratos. En estos cinco años no existió nadie más para mí. Ninguna mujer logró hacerme olvidar cómo se siente tenerte en mis brazos. Ninguna, Val.
El aire en el porche se volvió denso, sofocante, incapaz de enfriar el incendio que se desató entre los dos. Todos los reclamos no dichos, las noches en blanco en el hospital, el dolor de la distancia y el amor que jamás pudimos apagar colapsaron en un solo segundo.
—Eres un idiota... —susurré, sintiendo que las lágrimas de frustración amenazaban con salir.
—Tuyo —sentenció él—. Siempre fui tuyo.
Aiden no esperó más. Su mano grande se enredó en mi cabello, tirando levemente hacia atrás para exponer mi cuello, y hundió su boca en la mía con una ferocidad que me dejó sin aliento.
No fue un beso prudente ni una chispa de tanteo; fue una colisión salvaje, hambrienta y desesperada. La combinación del vino en mi sangre y la presión de sus labios devorándome destruyó el último resto de mi cordura. Gemí contra su boca, abriéndome a su lengua que buscó la mía con un dominio absoluto, reclamando cada rincón como si estuviera marcando su territorio.
Un destello de luz de la sala atravesó los cristales del porche cuando la música cambió de ritmo adentro. Temiendo que nuestros padres pudieran pasar cerca de la ventana y vernos, Aiden rompió el beso apenas un segundo.
Sin darme tiempo a reaccionar, metió sus brazos por debajo de mis muslos y me alzó del suelo de un solo movimiento fluido. Apreté mis piernas alrededor de su cadera por instinto mientras él caminaba a pasos rápidos hacia el lateral a oscuras del porche, ocultándonos detrás de la sombra de una columna de piedra, donde la luz de la fiesta no podía alcanzarnos.
Me pegó con fuerza contra la pared de madera de la casa. La adrenalina de estar a pocos metros de los demás, en la penumbra y a punto de ser descubiertos, convirtió el deseo en una necesidad visceral.
—Aiden... —alcancé a jadear, apoyando las manos en sus hombros rígidos.
Él no respondió con palabras. Su boca descendió salvaje por la línea de mi mandíbula hasta la garganta, succionando mi piel con una presión deliciosa que me hizo soltar un gemido ahogado. Sus manos grandes subieron por mis muslos al descubierto, arrugando la tela de mi vestido con una impaciencia feroz hasta juntarla entera en mi cintura.
Sentir el aire helado de la noche en la piel al descubierto de mis piernas, en contraste con el calor abrasador de sus manos marcándome la carne, me provocó un temblor electrizante.
Aiden metió la mano por debajo del encaje de mi lencería con una posesividad precisa y hambrienta. Cuando sus dedos calientes y húmedos encontraron directamente mi centro, solté un jadeo agudo que él se tragó pegando su boca a la mía de nuevo.
#390 en Novela contemporánea
segundas oportunidades romance y amistad, forced proximity, se aman en silencio
Editado: 11.10.2026