Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 19 El refugio de la medianoche POV AIDEN

El eco de su orgasmo contra mi mano todavía retumbaba en el aire helado del porche cuando la alineé contra mí. Sentir la tibieza húmeda de su centro rozando mi piel fue un golpe directo al corazón. Me quemaba la sangre, pero más me quemaba la necesidad de mirarla a los ojos y verla rendida.

—Mírame, Val —le exigí en un murmullo rasposo, tomándola del mentón para que no se me escapara.

En sus ojos oscuros vi el mismo incendio que me llevaba carcomiendo el alma desde el día en que se fue. No hubo preámbulos ni frenos. La sujeté de la cadera con la fuerza de un hombre que lleva cinco años ahogándose y me hundí en ella de un solo impulso firme, completo y profundo.

Un jadeo agudo se le escapó contra mi cuello mientras sus uñas se clavaban en la tela de mi camisa. Volver a estar dentro de ella fue un impacto devastador. Era el encaje perfecto, la sensación de regresar al único lugar del planeta donde mi cuerpo y mi mente encuentran paz.

Comencé a moverme con un ritmo salvaje, urgente y hambriento, acorralándola contra la columna de piedra. La música de la sala ahogaba el crujido de la madera y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, pero a mí no me importaba nada. Si alguien salía por esa puerta y nos descubrían, que nos vieran. No iba a soltarla.

Cada estocada era una confesión no dicha, un reclamo por cada noche en blanco en hoteles vacíos. La tenía alzada en el aire, sosteniendo su peso con los brazos mientras el contraste del viento frío en su espalda y nuestro calor abrasador nos llevaba directo al límite.

—Aiden... no puedo más... —articuló ella en un hilo de voz errático, apretándome con sus piernas.

—Conmigo, Val. Conmigo —le pedí, acelerando el ritmo mientras buscaba su boca con desesperación.

Nos encontramos en un beso hambriento que se tragó el grito con el que colapsamos al mismo tiempo. El placer la atravesó en ráfagas violentas y sentí cómo sus músculos se contraían alrededor de mí, desencadenando mi propio final. Solté un gruñido gutural contra su garganta, entregándome entero en su interior en una sacudida profunda que me dejó temblando.

Nos quedamos inmóviles durante un minuto eterno, escuchando el latido desbocado de nuestros pechos pegados y sintiendo cómo el aire helado de la noche volvía a colarse entre los dos.

Sostenía a Val firme contra la columna, con la cabeza escondida en el hueco de su cuello, respirando su perfume como si fuera el único oxígeno que me quedaba en el mundo. La estreché un poco más fuerte contra mí y deposité un beso dulce, pausado y profundo justo en la curva de su hombro.

—Te amo, Valentina —le dije en un susurro tierno y limpio, despojado de toda la rabia y la urgencia de antes—. Te amo tanto que da miedo. No hubo un solo día, ni un solo minuto en estos cinco años en que no te pensara. Te eché de menos hasta volverme loco, Val.

Sentí cómo ella soltaba un suspiro entrecortado contra mi cabello, acariciándome la nuca con una delicadeza que me atravesó el alma.

Le bajé las piernas despacio hasta que sus pies tocaron el suelo del porche. Le acomodé la falda del vestido con manos cuidadosas, le abroché el abrigo para protegerla del viento y me limpié la frente con la manga de la camisa.

—No podemos entrar juntos —murmuré, tomándole el rostro entre las manos para darle un beso corto y cálido en los labios—. Voy a entrar yo primero para ver el panorama. Espera dos minutos y subes directa a tu cuarto.

—Está bien —asintió ella en un aliento, mirándome con los ojos todavía brillantes por la emoción.

Me arreglé el pantalón, abrí la puerta de cristal con naturalidad y volví a la sala. Mi padre y Elena seguían en la cocina, riéndose mientras ordenaban las copas al ritmo de la música que empezaba a sonar más baja. Les hice un gesto rápido avisando que ya me iba a dormir y subí las escaleras.

Al llegar al primer piso me quedé escuchando atento los pasos en la planta baja para asegurarme de que ella pudiera subir sin problemas.

A través del espacio de la escalera, la voz de Elena rompió el murmullo de la música.

—¡Val! Pensé que ya estabas arriba, mi amor.

—Hola, mamá... Sí, justo me estaba yendo a la cama —escuché responder a Val, con esa firmeza ensayada que siempre usaba cuando intentaba disimular—. Me dio un dolor de cabeza repentino, prefiero ir a acostarme ya.

Me apoyé contra el marco de la puerta en la penumbra, sin poder evitar que una sonrisa pícara se me dibujara en los labios.

—Ay, pero estás hirviendo, Valentina —protestó Elena con preocupación maternal—. Tienes la cara enrojecida y la piel recalentada... A ver si vas a estar levantando fiebre con este frío.

Tuve que morderme el labio inferior para no soltar una carcajada. La imagen de Val sonrojada, tratando de explicarse con la frente caliente después de lo que acababa de pasar conmigo en el porche hace menos de tres minutos, era sencillamente sublime.

—No, no es nada, mamá —disimuló Val de inmediato, dando un paso atrás con rapidez—. Es solo el cambio de aire helado del porche con la calefacción de la sala. Voy a tomar un analgésico y me meto en la cama.

—Bueno, descansa, mi vida. Mañana tenemos todo el día para cocinar el pavo.




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