Dolor y temor, todo es un error
El ruido incesante de las sirenas policiales, las luces ambivalentes de los autos, captaba la atención de cada ciudadano, haciendo que estos, curiosos, se acercacen a la escena. Donde descansaba ya el cuerpo inerte de un jóven de unos treinta años, de cabello rubio, con el rostro, ahora palidecido se encontraba cubierto de sangre y heridas leves. Su mirada vacía, perdida en la nada, confirmaba que su alma había abandonado su cuerpo. Las frías gotas de la llovizna caían sobre él, repiqueteando en un vaivén lento y doloroso.
Los policías comenzaron a poner cinta en la escena y cubrieron el cadáver con un plástico negro mientras esperaban a los forenses.
La aglomeración de personas no cesaba, cada vez se acercaban más y más individuos llenos de morbo por saber lo que había ocurrido, mientras murmuraban y lanzaban miradas llenas de desdén, creando suposiciones, asumiendo la causa de muerte e ignorando todo tipo de respeto hacia la presencia del frío cuerpo y a los familiares del mismo.
—¡Qué horror! —exclamó una señora, envuelta en una sábana, que cargaba a su pequeño gato mientras miraba la escena con lástima y desaprobación.
—En algo malo debió estar metido para que algo así le sucediera —murmuró alguien más.
—Tienes razón, ese joven no andaba en buenos pasos.
—¡Sí! Incluso logré ver que tenía tatuajes en todo el cue…
Mientras seguían sacando suposiciones rápidas y vacías de lo ocurrido, a lo largo, en medio del tumulto de gente, unos ojos azulados miraba la escena en silencio, su mirada demostraba indiferencia, más su corazón agonizaba con vehemencia y pedía al cielo que esto fuese una mentira.
Era un hombre joven, de tez blanca y cabello negro. El frío viento golpeaba su rostro con violencia, colorando sus mejillas de color carmesí debido a la gélida noche, pero nada se comparaba con el inmenso dolor que se acentuaba en su alma en ese momento.
Se había alejado por fin de los murmullos de las personas, incapaz de seguir lidiando con ellos. Una luz cegadora que cambiaba entre rojo y azul se posó en su rostro, obstruyendo su campo de visión, cuando sintió algo extraño bajo sus pies. Miró hacia el suelo, asegurándose no haber pisado excremento de perro. Su cuerpo se fue hacia atrás al instante y la sangre abandonó todo su ser, su rostro palideció y el aire comenzó a faltar en sus pulmones. Se había alejado de las personas, pero ahora estaba demasiado cerca del cadáver cubierto con plástico. Había pisado la sangre de su hermano. Sintió cómo pequeñas arcadas se alojaban en lo profundo de su garganta, amenazando con salir.
«Inhala. Exhala», se decía así mismo, con el fin de tranquilizarse. Su respiración se volvió superficial.
Una mano cálida se posó sobre su hombro, en un gesto suave pero firme.
—Te dije que te quedaras en casa —un hombre mayor que el chico, de tez blanca y cabello cobrizo lo miró atento, en busca de alguna emoción en su rostro, mas no encontró nada, a menos no la que esperaba encontrar: tristeza. En cambio, en el rostro del joven solo había indiferencia.
El hombre de cabello cobrizo, quien siempre era severo con sus palabras, hoy había tenido condescendencia con el chico, y eso solo le hacía enfurecer más. Era como si confirmara, una vez más, que lo que estaba pasando, era real.
—Estoy bien, Nick —respondió, frío, pronunciando el nombre de este casi con desdén.
—Cohen…
—No puedo simplemente irme —lo miró, casi implorando—. Es mi hermano.
Y eso fue suficiente para convencerlo. El mayor se limitó a asentir y caminó hacia donde estaban los demás, junto con los oficiales de policía. Dejándolo solo.
El joven soltó una bocanada de aire que salió con desesperación. La soledad lo atravesó como una daga directa al corazón, no solo por la ausencia de Nick, sino por la falta de emociones; el dolor era tan profundo que no podía sentir nada. Su mirada, fija en el cuerpo frío de su hermano, solo denotaba indiferencia. En el fondo, sentía una punzada, pero no lograba aflorar; no se manifestaba de ningún modo. Todo era tan… silencioso. Su mente estaba en silencio y su corazón, vacío y desolado.
La mirada de preocupación de sus amigos a lo lejos lo hacían notar lo mal que estaba, pero no sabía como cambiar eso, no sabía como reaccionar, no sabía…como sentir. Simplemente estaba ahí. Parado frente a la grotesca escena, rodeado de murmullos ofensivos y miradas furtivas de las personas. Esas personas que alguna vez prometió proteger y velar, ahora solo lanzaban miradas de desaprobación y sátiras al ser que más amaba, al que más admiraba y que ahora se había esfumado…para siempre.
Escuchó a lo lejos gritos y el llanto desgarrador de una mujer, supo al instante de quien se trataba. Esta se lanzó al suelo, incrédula, cubriendo su boca con sus manos temblorosas mientras gritaba y agonizaba de dolor. Sus rodillas se encontraban rasposas por el arrebato que tuvo, su vestimenta, antes pulcra, ahora se encontraba mojada y sucia. Su rostro denotaba dolor absoluto, se mecía de atrás hacia adelante mientras continuaba con su sonoro llanto, haciendo que el tumulto de gente se concentrara ahora en su escena, lanzando miradas incrédulas hacia ella, dejando de lado el morbo por el cadáver tirado en el pavimento.