Mara soñó otra vez con el pasillo.
No era un recuerdo exacto.
Los recuerdos no parpadean.
En el sueño, la luz temblaba como si dudara. No se apagaba del todo, no se encendía del todo. Solo vacilaba, y en esa vacilación había algo parecido a una pregunta.
¿Ahora?
¿O después?
Mara se despertó antes de responder.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba en su habitación, con el techo familiar, el ruido lejano del campus despertando. Tenía el corazón acelerado, pero no por miedo. Por algo más incómodo.
Porque en el sueño, esta vez, no estaba sola.
Iván no aparecía de frente.
Nunca lo hacía.
Era una presencia lateral, como si estuviera justo fuera del encuadre. Sabía que estaba ahí porque el silencio cambiaba.
Como en la vida real.
Se sentó en la cama y tomó aire.
No iba a pensar en eso ahora. Tenía clase. Tenía rutina. Tenía la coartada básica de la normalidad.
A media mañana, lo vio.
No la buscaba. Eso fue lo primero que notó.
Estaba apoyado contra una baranda, hablando con una mujer mayor, de gesto serio. Una administrativa, tal vez. O alguien con autoridad suficiente como para no levantar la voz.
Mara siguió caminando.
No miró atrás.
—¿Siempre huyes cuando algo te incomoda? —dijo Iván a su lado, unos metros después.
—Solo cuando no tengo nada bueno que decir.
—Eso te pasa a menudo.
—Eso te tranquiliza demasiado.
Caminaron juntos sin decidirlo. No había tensión romántica. Había otra cosa: un acuerdo tácito de no fingir.
—Soñé con el pasillo —dijo Mara, sin mirarlo.
—¿Otra vez?
—Sí. Pero distinto.
Iván esperó.
Eso le molestó más que cualquier pregunta.
—Antes la luz era lo único extraño —continuó—. Ahora hay alguien más. No hace nada. No habla. Solo… está.
—¿Y eso qué significa para ti?
Mara se detuvo.
—Que mi cabeza está buscando una forma de repartirse la carga.
Iván la miró entonces, con algo parecido al reconocimiento.
—O de preparar una versión.
Ella sostuvo la mirada.
—¿La tuya o la mía?
—La que sea más fácil de vivir —respondió él.
No sonó cínico.
Sonó cansado.
—No recuerdo haber tomado una decisión —dijo Mara—. Eso es lo que más me inquieta.
—Las peores decisiones casi nunca se sienten como tales —dijo Iván—. Se sienten como pausas.
Eso la atravesó.
Porque era exactamente eso lo que la luz hacía en el sueño.
No caía.
No brillaba.
Pausaba.
—Si alguien nos pregunta —dijo ella—, no voy a inventar nada.
—Yo tampoco.
—Pero vamos a decirlo distinto.
Iván asintió.
—Siempre lo hacemos.
Se separaron ahí, sin dramatismo.
Sin promesas.
Mara siguió caminando con una certeza incómoda creciendo en el pecho:
No temía recordar mal.
Temía recordar mejor.
Y descubrir que, incluso con la luz temblando,
había visto lo suficiente.
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Editado: 29.12.2025