La citaron un jueves, a última hora.
No fue una citación oficial.
Eso habría sido más sencillo.
Fue un correo correcto, breve, casi amable, firmado por alguien que no usaba títulos innecesarios.
Mara,
¿tienes unos minutos para conversar?
La palabra conversar le pareció sospechosa.
Las conversaciones no dejan constancia. Las declaraciones, sí.
El despacho estaba en el edificio viejo, donde los pasillos aún conservaban ese eco que obliga a bajar la voz aunque no haya nadie cerca. Mara llegó cinco minutos antes. Siempre llegaba antes cuando no quería parecer nerviosa.
La mujer que la recibió no sonreía, pero tampoco intimidaba. Eso era peor.
—Gracias por venir —dijo—. Siéntate, por favor.
Mara obedeció. Cruzó las piernas. Apoyó las manos sobre el regazo. Todo gestos aprendidos.
—No es una entrevista formal —aclaró la mujer—. Aún.
Aún, pensó Mara.
Nunca hay que subestimar los adverbios.
—Queremos reconstruir una secuencia —continuó—. Nada más.
—¿De qué día? —preguntó Mara.
La mujer la observó con atención, como si esa pregunta fuera una respuesta en sí misma.
—Del que tú consideres relevante.
Mara sintió una presión leve en el pecho. No miedo. Expectativa.
—Recuerdo fragmentos —dijo—. No una secuencia.
—Eso es habitual —respondió la mujer—. Por eso empezamos por lo que no genera dudas.
Sacó una libreta. No la abrió.
—¿A qué hora llegaste al edificio?
Mara respondió sin vacilar.
Eso lo tenía claro. O eso creía.
—¿Ibas sola?
—Sí.
—¿Te cruzaste con alguien?
La imagen del sueño se filtró sin permiso: el pasillo, la luz suspendida, una presencia lateral.
—No que yo recuerde.
La mujer anotó algo por primera vez.
—¿Escuchaste algo?
—¿Algo como qué?
—Una voz. Un golpe. Una discusión.
Mara negó con la cabeza.
—No.
La respuesta era cierta.
También incompleta.
—¿Recuerdas haber dudado? —preguntó la mujer, como quien cambia de tema sin hacerlo del todo.
Mara levantó la vista.
—¿Dudar de qué?
—De entrar. De seguir. De intervenir.
El silencio se estiró.
—No recuerdo haber tomado ninguna decisión —dijo Mara al fin—. Eso es lo único que me resulta consistente.
La mujer la miró un segundo más.
—Eso también es una decisión —dijo—. Aunque no siempre se reconozca como tal.
Mara sostuvo la mirada. No discutió. Aprendió hacía tiempo que defenderse demasiado pronto era una forma de delatarse.
—¿Puedo irme? —preguntó.
—Por supuesto —respondió la mujer—. Te llamaremos si necesitamos aclarar algo.
Aclarar, pensó Mara al levantarse.
Como si el agua turbia se aclarara sola.
Al salir, se encontró con Iván en el pasillo.
No parecía sorprendido de verla.
Eso fue lo primero que la irritó.
—¿Cómo te fue? —preguntó él.
—Depende —respondió ella—. ¿Qué dijiste tú?
Iván la miró con una expresión nueva. No ironía. No cansancio.
Cálculo.
—Lo suficiente —dijo—. Y no más de lo necesario.
Caminaron juntos hasta la salida.
—Hay algo peor que mentir —añadió él—.
—¿Qué?
—Decir la verdad correcta en el orden equivocado.
Mara pensó en la luz del sueño.
En la pausa.
En ese instante suspendido donde todo pudo ir hacia otro lado.
—Entonces estamos de acuerdo en algo —dijo.
—Sí —respondió Iván—. Aún no es el momento.
Se separaron ahí.
Y mientras Mara bajaba las escaleras, entendió algo con una claridad incómoda:
No la estaban investigando por lo que había hecho.
La estaban observando por cómo lo contaba.
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Editado: 29.12.2025