Omisión

SEIS

El recuerdo no llegó como una acusación.
Llegó disfrazado de cortesía.

—Mara, ¿verdad?

La voz la alcanzó en la fotocopiadora, cuando ya estaba mentalmente en otra cosa. Se giró con esa sonrisa automática que uno usa con desconocidos que parecen saber demasiado.

La chica frente a ella era más baja, de pelo oscuro recogido sin cuidado. Tenía esa expresión amable que no se sostiene mucho tiempo en lugares como ese.

—Soy Paula —dijo—. Estuvimos en el mismo turno el semestre pasado.

Mara asintió.
No la recordaba. Eso no significaba nada.

—Perdona que te moleste —continuó Paula—. Solo quería saber si estabas bien.

Ahí estuvo el primer problema.
Nadie preguntaba eso sin contexto.

—Estoy bien —respondió Mara—. ¿Por qué no lo estaría?

Paula dudó. Apenas un segundo.

—Porque… —empezó— porque te vi esa noche.

El aire pareció espesarse.

—¿Qué noche? —preguntó Mara, con un tono demasiado neutro.

—La del ala norte —dijo Paula—. Salías del edificio.

Mara sintió algo parecido a un eco interno. No una imagen. No una emoción clara.
Un desajuste.

—No creo —respondió—. Yo estuve poco tiempo.

—No digo que fuera mucho —aclaró Paula rápido—. Solo… te reconocí por la mochila. La llevabas colgada de un solo hombro.

Mara apretó los dedos alrededor de las hojas recién impresas.

Ese detalle era correcto.
Demasiado.

—¿Estás segura de que era yo?

Paula asintió.

—Sí. Porque me miraste.

Mara sostuvo la mirada.

—¿Y?

—Como esperando algo.

La fotocopiadora pitó, anunciando el fin del trabajo. Nadie se movió.

—Eso es todo —añadió Paula, incómoda—. Perdona si fue raro. Pensé que… bueno. Que quizá necesitabas saberlo.

—¿Saber qué? —preguntó Mara.

Paula negó con la cabeza.

—No lo sé —dijo—. Solo que no estabas tan desconectada como dices.

Se fue sin esperar respuesta.

Mara tardó varios segundos en reaccionar. Recogió las hojas. Caminó. Bajó un tramo de escaleras sin recordar haberlo decidido.

La luz del pasillo volvió a aparecerle.
No parpadeando.
Estable.

Y por primera vez, una sensación nueva se filtró en el recuerdo:

vergüenza.

Encontró a Iván en el patio interior, sentado en el borde de una fuente seca. No parecía sorprendido de verla acercarse así, sin rodeos.

—Alguien me recordó —dijo ella—.

Iván levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—Que no estaba tan ausente como creía.

El silencio entre ellos cambió de forma.

—¿Quién? —preguntó él.

—Una chica. Dijo que me vio salir. Que la miré.

Iván frunció el ceño.

—Eso no encaja.

—Lo sé.

—Tú dijiste que—

—Ya sé lo que dije.

No gritó. No se alteró. Eso fue lo inquietante.

—Entonces hay un problema —dijo Iván despacio—.

—Sí.

—Porque yo recuerdo otra cosa.

Mara lo miró.

—¿Qué recuerdas tú?

Iván no respondió de inmediato. Se levantó. Dio un paso. Luego otro. Como si necesitara moverse para ordenar las palabras.

—Recuerdo que alguien dudó —dijo al fin—. Pero no eras tú.

Mara sintió cómo algo se desplazaba dentro de ella.

—¿Estás seguro? —preguntó.

Iván sostuvo su mirada.

—No —respondió—. Y eso es lo que lo empeora.

Se quedaron así, frente a frente, sin acercarse.

No había romance ahí.
Había riesgo.

Porque por primera vez, no estaban solo protegiendo una versión frente a otros.

Estaban empezando a protegerla entre ellos.

Y eso, pensó Mara,
era exactamente cómo empiezan las mentiras que no sobreviven.

-




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.