La hoja estaba sobre la mesa desde antes de que Mara se sentara.
No era una declaración.
No era una confesión.
Era peor: un resumen.
Hechos, horarios aproximados, observaciones generales. Un documento limpio, impersonal, pensado para cerrar bordes sin hacer ruido.
—No es obligatorio —dijo la mujer—. Pero ayuda a fijar una versión preliminar.
Versión, pensó Mara.
Como si la verdad fuera un borrador.
Leyó despacio. No porque le costara entender, sino porque buscaba una frase concreta. La encontró enseguida.
> La estudiante no percibe indicios claros de una situación anómala que requiriera intervención inmediata.
No decía que no hubiera pasado nada.
Solo decía que ella no lo percibió.
Levantó la vista.
—Si no firmo —preguntó—, ¿qué pasa?
—Nada inmediato —respondió la mujer—. Pero quedará constancia de que prefieres no fijar recuerdos aún.
—¿Y eso cómo se interpreta?
—Depende de quién lo lea.
Mara apoyó los dedos sobre la mesa. Pensó en el pasillo del sueño. En la luz suspendida. En la pausa.
—¿Puedo hacer una corrección? —preguntó.
La mujer asintió. Le tendió un bolígrafo.
Mara volvió a leer la frase. La subrayó. Y escribió al margen, con letra clara:
No recuerdo haber percibido indicios claros.
No era una mentira.
Tampoco era toda la verdad.
Era algo peor:
una decisión lingüística.
La mujer leyó la corrección sin levantar las cejas.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Firmó.
El bolígrafo dejó una marca seca sobre el papel. Breve. Definitiva.
Cuando salió del despacho, Iván estaba esperándola. No parecía sorprendido. Como si hubiera calculado ese momento exacto.
—¿Firmaste? —preguntó.
Mara no respondió enseguida.
—Hice una corrección —dijo al fin.
Iván la miró con atención nueva.
—¿Qué tipo de corrección?
—De las que no se notan ahora —respondió—. Pero pesan después.
Iván exhaló despacio.
—Eso nos compra tiempo.
—No —dijo ella—. Nos fija.
—¿En qué sentido?
Mara lo miró directo.
—En el sentido de que, a partir de ahora, cualquier recuerdo nuevo va a parecer una contradicción.
Iván sostuvo la mirada. Algo parecido a la admiración cruzó su expresión. Algo parecido al miedo.
—Elegiste quedarte en el medio.
—Elegí no desaparecer —corrigió—. No es lo mismo.
Caminaron juntos unos metros. No había alivio. Solo una calma tensa, como la que sigue a un movimiento mal calculado en una partida larga.
—¿Sabes qué es lo más peligroso de eso? —preguntó Iván.
—Dímelo.
—Que ahora ya no estás protegida por la confusión.
Mara asintió.
—Lo sé.
Se detuvieron en la salida. El campus seguía igual que siempre. Gente riendo, corriendo, viviendo.
—No hice esto por ti —dijo ella.
—Lo sé —respondió Iván—. Eso es lo que lo hace interesante.
Mara se alejó sin mirar atrás.
Y mientras caminaba, entendió algo con una claridad incómoda pero firme:
No había elegido el silencio.
Había elegido una forma específica de decirlo.
Y eso, en algún punto,
la comprometía más que cualquier mentira.
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Editado: 29.12.2025