Omisión

NUEVE

Mara se enteró por casualidad.

Eso fue lo primero que la enfureció: que algo tan importante llegara como un comentario lateral, casi administrativo, mientras hacía fila para retirar un certificado que no necesitaba con urgencia.

-Ah, por cierto -dijo el hombre detrás del mostrador, hojeando la pantalla-. Tu declaración ayudó a aclarar una confusión inicial.

Mara alzó la vista.

-¿Qué confusión?

El hombre no parecía medir las palabras. No por descuido, sino por costumbre.

-Que se había interpretado que hubo una demora consciente. Pero con tu corrección... -se encogió de hombros- queda claro que no hubo percepción de riesgo. Eso cambia el enfoque.

-¿Qué enfoque?

-El de quién sí pudo haber percibido algo.

El aire se le fue del pecho, lento.

-¿Quién? -preguntó.

El hombre volvió a mirar la pantalla.

-Bueno, eso ya no depende de mí. Pero tu versión descarta que todos estuvieran igual de... -buscó la palabra- desinformados.

Mara no respondió. Tomó el papel que le extendía y se alejó sin despedirse.

No necesitó leer nada más para entenderlo.

Su frase -no recuerdo haber percibido- había hecho algo más que protegerla.
Había redistribuido la atención.

Ahora no se preguntaban si alguien pudo haber actuado.
Se preguntaban quién sí estaba en condiciones de hacerlo.

Y ella acababa de decir, por escrito, que no fue ella.

Encontró a Iván en el mismo patio de siempre. Como si el campus insistiera en reutilizar los escenarios cuando ya no había margen para el error.

-¿Sabías esto? -preguntó apenas lo vio.

Iván la miró, serio.

-Depende de a qué te refieras.

Mara le mostró el papel. No lo leyó completo. No hacía falta.

-Mi corrección -dijo-. Está moviendo el foco.

Iván cerró los ojos un segundo.

-Era previsible.

-¿Para quién?

-Para cualquiera que haya leído suficiente informes -respondió-. Las frases no flotan solas. Arrastran.

Mara dio un paso hacia él.

-¿A quién están mirando ahora?

Iván no contestó enseguida.

-Dímelo -insistió-. No me vuelvas a gestionar.

-A alguien que estaba cerca -dijo al fin-. Alguien que no dijo nada. Alguien que no corrigió nada.

Mara pensó en Paula.
En la mochila.
En la mirada.

-No -dijo-. No era ella.

-No dije que lo fuera -respondió Iván-. Dije que el marco cambió.

-Yo no quise esto.

Iván la miró con una mezcla incómoda de respeto y distancia.

-Eso es lo que pasa cuando eliges bien las palabras -dijo-. Hacen su trabajo incluso cuando tú no estás mirando.

Mara apretó los dientes.

-¿Y tú? -preguntó-. ¿Dónde quedas tú en este nuevo marco?

Iván sostuvo su mirada.

-Más cómodo de lo que debería.

Eso dolió más que cualquier reproche.

-Entonces mi frase te protegió.

-Sí -admitió-. Y expuso a otros.

El silencio entre ellos se volvió áspero.

-No era un sacrificio calculado -dijo Mara-. Fue... instinto.

-El instinto también tiene consecuencias -respondió Iván-. Solo que no se siente culpable en el momento.

Mara se apartó.

-No voy a cargar con esto sola.

-Ya no puedes elegir eso -dijo él-. Elegiste antes.

Se quedó mirándolo un segundo más. No con rabia. Con una lucidez nueva.

-Entonces escúchame bien -dijo-. Si esto sigue avanzando, no voy a proteger una versión que me convierta en coartada de nadie.

Iván no sonrió. Tampoco retrocedió.

-Eso nos pone en trayectorias distintas.

-No -corrigió ella-. Nos pone en riesgo real.

Se separaron ahí, sin promesas, sin pactos.

Y mientras se alejaba, Mara entendió algo que no había previsto cuando escribió aquella frase pequeña, precisa, aparentemente inocua:

Había dejado de ser una pieza confusa del relato.
Ahora era una fuerza que desplazaba otras.

Y eso significaba una sola cosa:

La historia ya no iba a resolverse sola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.