El recuerdo no llegó completo.
Llegó como llegan las cosas que no quieren ser recordadas:
sin aviso, sin contexto, sin permiso.
Mara estaba lavándose las manos cuando ocurrió. El baño estaba vacío, iluminado con esa luz blanca que no favorece a nadie. El agua corría demasiado fuerte. Siempre abría más la canilla de lo necesario; le daba algo en qué concentrarse.
Fue el sonido.
No una voz. No un grito.
Un golpe seco. No fuerte. Cercano.
Mara se quedó inmóvil, con las manos bajo el chorro, mientras algo se acomodaba dentro de su cabeza con una precisión insoportable.
No era el pasillo entero lo que recordaba ahora.
Era un segundo.
El segundo exacto en que pensó:
No es asunto mío.
No formulado así, claro.
Fue más elegante. Más aceptable.
Alguien más va a hacer algo.
No puede ser tan grave.
Si entro y no es nada, quedo como una exagerada.
La luz del sueño volvió, pero distinta.
No parpadeaba.
Iluminaba.
Mara cerró la canilla de golpe. El silencio fue casi violento.
—No percibí indicios claros —murmuró, repitiendo la frase como si fuera ajena.
La había escrito ella. La había firmado ella.
Y ahora sabía exactamente por qué había elegido esas palabras.
Porque sí había percibido algo.
Solo que no lo había nombrado como riesgo.
Se apoyó en el lavamanos. Respiró hondo. No había pánico. Había otra cosa: una lucidez tardía, áspera.
El recuerdo siguió avanzando, implacable.
No entró.
Pero se detuvo.
Eso era lo que había borrado.
No siguió caminando.
No huyó.
Se quedó quieta, escuchando, midiendo, evaluando cuánto tiempo podía perder antes de que fuera responsabilidad de otro.
—Eso también es percibir —dijo en voz baja.
Salió del baño con la sensación de que el campus había cambiado de escala. Todo parecía igual, pero ella no encajaba igual en ese paisaje.
Encontró a Iván donde no quería encontrarlo: en la biblioteca, inclinado sobre un libro que claramente no estaba leyendo.
—Tengo que decirte algo —dijo ella, sin preámbulos.
Iván levantó la vista. Algo en su expresión cambió apenas la miró.
—No —respondió—. Todavía no.
—Ya empezó —dijo Mara—. Aunque no lo diga en voz alta.
Iván cerró el libro despacio.
—¿Qué recuerdas?
Mara dudó.
No porque no supiera qué decir, sino porque entendía el peso exacto de decirlo.
—Que me detuve —dijo—. Que no seguí caminando.
Iván no reaccionó de inmediato.
—Eso no contradice lo que firmaste —dijo al fin.
—Sí lo hace.
—No legalmente.
—Moralmente sí.
Iván apoyó los codos sobre la mesa.
—Mara —dijo—, la moral no es el terreno donde se resuelven estas cosas.
—Lo sé —respondió—. Por eso firmé lo que firmé.
—Entonces no entiendo.
Ella lo miró con una calma nueva. No desafiante. Decidida.
—Lo firmé para ganar tiempo —dijo—. No para perderme a mí misma.
Iván la observó largo rato.
—Si eso sale —dijo—, todo se reordena.
—Ya se está reordenando.
—Te van a preguntar por qué no entraste.
—Y voy a tener que responder algo peor que no vi nada.
Iván se recostó en la silla.
—¿Qué?
—Que vi suficiente para dudar —dijo Mara—. Y que dudé.
El silencio cayó entre ellos.
Esta vez, no era estratégico.
Era real.
—Si dices eso —dijo Iván al fin—, la frase que firmaste se vuelve insostenible.
—Lo sé.
—Y arrastras a más de uno.
—Lo sé.
Iván la miró con algo nuevo en los ojos. No miedo. No enojo.
Evaluación.
—Entonces dime —dijo—. ¿Por qué ahora?
Mara no apartó la mirada.
—Porque acabo de entender que no mentí para proteger a otros —respondió—. Mentí para proteger esa pausa.
Iván exhaló despacio.
—Las pausas también condenan.
—Sí —dijo ella—. Pero no quiero que siga siendo invisible.
No hubo acuerdo.
No hubo ruptura.
Pero algo quedó claro para ambos:
La versión empezaba a resquebrajarse desde adentro.
Y esta vez, no iba a bastar con elegir bien las palabras.
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Editado: 29.12.2025