Omisión

ONCE

Iván no pensó en Mara cuando tomó la decisión.

Eso fue lo primero que se dijo para no dudar.

Pensó en tiempos, en marcos, en cómo ciertas versiones -una vez dichas- se vuelven difíciles de mover sin parecer interesadas. La gente confía más en quien habla primero. No porque diga la verdad, sino porque la instala.

La oficina no tenía nada de especial. Eso también era una ventaja.

-No esperaba verte -dijo la mujer, levantando la vista apenas.

-No vengo a declarar -respondió Iván-. Solo a aclarar algo antes de que se confunda.

Ella apoyó la lapicera sobre la mesa.

-Eso suele venir después.

Iván sonrió apenas. No con ironía. Con cansancio.

-Justamente.

Se sentó sin que lo invitaran. Colocó las manos sobre las rodillas. Abierto. Tranquilo.

Parecer inofensivo también es una técnica.

-Mara está... removiendo cosas -dijo-. Es comprensible. A veces la memoria hace eso cuando uno se siente observado.

La mujer no escribió nada.

-¿Qué cosas? -preguntó.

Iván inclinó la cabeza, como si midiera cuánto decir.

-Dudas -respondió-. Sensaciones. Interpretaciones retrospectivas.

-¿Está diciendo que su recuerdo es poco fiable?

-Estoy diciendo que no quiere mentir -corrigió Iván-. Y que eso puede llevarla a exagerar su propia implicación.

Silencio.

-¿Por qué me dice esto? -preguntó la mujer.

Iván sostuvo la mirada.

-Porque la conozco -dijo-. Y porque cuando alguien empieza a reinterpretarse, corre el riesgo de cargar con responsabilidades que no le corresponden.

La mujer lo observó con atención nueva.

-¿Y a usted? -preguntó-. ¿Qué riesgo le corresponde?

Iván no respondió de inmediato. No porque no tuviera respuesta, sino porque necesitaba que la pregunta quedara flotando.

-Yo ya fijé mi versión -dijo al fin-. No cambia.

Eso era verdad.

También era una advertencia.

La mujer anotó algo por primera vez.

-¿Está sugiriendo que ella podría contradecirse?

-Estoy sugiriendo -respondió Iván- que la contradicción no siempre significa falsedad. A veces significa culpa tardía.

La palabra quedó ahí.

Culpa.

Iván se levantó.

-No quiero influir -añadió-. Solo que, cuando hablen con ella otra vez, tengan en cuenta eso.

-¿El qué? -preguntó la mujer.

Iván se detuvo antes de salir.

-Que Mara es más dura consigo misma que con los demás -dijo-. Y eso puede parecer honestidad... cuando en realidad es una forma de castigo.

Cerró la puerta con cuidado.

En el pasillo, exhaló despacio.

No alivio.

Ajuste.

No había mentido.

Había hecho algo más efectivo.

Había nombrado la forma en que ella sería leída.

Mientras caminaba, pensó en el recuerdo que Mara le había contado.

La pausa.

La detención.

Eso, pensó, no se explica bien sin que alguien parezca culpable.

Y si alguien iba a parecerlo,

no iba a ser él.

Sacó el teléfono. Miró la pantalla sin escribir.

No iba a avisarle a Mara.

Avisar habría sido pedir permiso.

Guardó el móvil.

A veces, proteger a alguien no consiste en decir su verdad,

sino en decidir cuál será la interpretación dominante cuando la diga.

Iván sabía una cosa con claridad incómoda:

Cuando Mara hablara,

ya no lo haría en terreno neutral.

Y eso -aunque no se lo diría nunca-

era exactamente lo que él necesitaba.




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