Omisión

DOCE

Mara entendió que algo estaba mal antes de saber qué.

Fue el tono.

No la llamaron por su nombre.
La citaron como si ya la conocieran demasiado.

La sala era distinta a las anteriores. Más grande. Menos neutra. Había una carpeta abierta sobre la mesa antes de que ella se sentara. Eso nunca era buena señal.

La mujer levantó la vista.

—Gracias por venir, Mara. Esto no es una declaración formal. Aún.

Aún, otra vez.

Mara asintió, alerta.

—Queremos hablar de algo que mencionó Iván —continuó la mujer, sin rodeos.

El nombre cayó como una ficha mal colocada.

—¿Iván? —repitió Mara—. ¿Cuándo habló con usted?

La mujer la observó un segundo más de lo necesario.

—Hace unos días.

No me dijo.
No vino a declarar.
Habló.

Mara sintió cómo algo se acomodaba dentro de ella con una precisión desagradable.

—¿Y qué dijo exactamente? —preguntó.

La mujer cerró la carpeta con cuidado. No la escondió. Solo la ordenó.

—Que estás atravesando un proceso de reinterpretación —respondió—. Que eres muy exigente contigo misma. Que existe la posibilidad de que estés atribuyéndote responsabilidades que no te corresponden.

Cada frase era razonable.
Cada frase era una jaula.

—¿Eso le parece problemático? —preguntó Mara.

—Depende —dijo la mujer—. Cuando alguien empieza una corrección interna después de haber fijado una versión, solemos preguntarnos por qué.

—Porque recuerda algo.

—O porque siente culpa —replicó—. No son lo mismo, aunque se parezcan mucho desde afuera.

Mara apretó los dedos contra la silla.

—¿Y cuál cree usted que es mi caso?

La mujer no respondió de inmediato.

—Eso es lo que estamos evaluando.

Ahí lo entendió.

Iván no había hablado para contar su versión.
Había hablado para explicar la de ella antes de que ella la explicara.

—¿Puedo ver lo que dijo? —preguntó.

—No es una declaración —respondió la mujer—. Fue una conversación.

—Entonces no debería pesar tanto.

La mujer la miró con algo parecido a la compasión.

—Las conversaciones fijan marcos —dijo—. Los documentos solo los confirman.

Mara bajó la mirada un segundo.
Respiró.

—Hay algo que necesito decir —anunció.

—Te escucho.

Mara levantó la vista.

—Yo no estoy reinterpretando por culpa —dijo—. Estoy recordando un detalle que omití.

La mujer no reaccionó.

—Me detuve —continuó Mara—. No seguí caminando. No entré. Pero tampoco seguí como si nada.

Silencio.

—Eso no contradice lo que firmaste —dijo la mujer—. Dijiste que no percibiste indicios claros de riesgo.

—Lo sé —respondió Mara—. Elegí esas palabras.

—¿Por qué?

Mara sostuvo la mirada.

—Porque lo que percibí no tenía nombre todavía.

La mujer inclinó la cabeza apenas.

—Iván sugirió que podrías estar castigándote retrospectivamente.

Mara sintió el golpe con una claridad fría.

—Iván no estaba dentro de mi cabeza —dijo—. Yo sí.

—Pero él estaba allí —respondió la mujer—. Cerca. Y su versión no cambió.

Ahí estaba.
La trampa elegante.

—¿Eso le da más peso? —preguntó Mara.

—Le da estabilidad —dijo la mujer—. Y eso importa cuando alguien empieza a moverse.

Mara entendió entonces que había llegado tarde.
No a la verdad.
Al orden.

—Entonces ya decidieron cómo va a leerse lo que diga —dijo.

La mujer no lo negó.

—Decidimos cómo proteger a las personas de interpretaciones injustas.

—¿A todas? —preguntó Mara.

La mujer no respondió.

Mara se levantó despacio.

—Gracias por decírmelo —dijo—. Ahora sé desde dónde estoy hablando.

—¿Y desde dónde es eso? —preguntó la mujer.

Mara se detuvo en la puerta.

—Desde un lugar que ya no es neutral —respondió—. Y que no fingirá serlo.

Salió sin mirar atrás.

Encontró a Iván en el pasillo exterior, apoyado contra la baranda. Como si hubiera sabido que ese momento iba a llegar.

—Hablaste con ella —dijo Mara, sin saludo.

Iván no fingió sorpresa.

—Sí.

—Me explicaste antes de que yo pudiera explicarme.

Iván la miró con atención.

—Te protegí.

Mara negó despacio.

—Me definiste.

—Eso también es proteger —respondió—. Alguien tenía que hacerlo.

—No tú.

—¿Quién entonces? —preguntó Iván—. ¿Tú, cuando ya estabas dudando?

Mara dio un paso hacia él. No agresivo. Decidido.

—No dudaba de lo que recordaba —dijo—. Dudaba de lo que iba a costar decirlo.

Iván sostuvo la mirada.

—Y ahora sabes el precio.

—Sí —respondió ella—. Y también sé algo más.

—¿Qué?

—Que cuando hable —dijo Mara—, no solo van a evaluar si digo la verdad.
Van a evaluar si contradigo tu marco.

Iván no respondió.

—Eso no es protección —añadió—. Es una apuesta.

El silencio entre ellos fue distinto a todos los anteriores.
Más limpio.
Más peligroso.

—Entonces no hables todavía —dijo Iván al fin—. Déjalo asentarse.

Mara lo miró con una calma que él no reconoció.

—No —respondió—. Ahora es exactamente cuando tengo que hacerlo.

Se dio vuelta y se fue.

Iván no la siguió.

Y mientras se alejaba, Mara entendió algo con una claridad brutal:

Iván había hecho su movimiento.
Elegante. Preventivo. Inteligente.

Ahora le tocaba a ella decidir si iba a jugar dentro de ese marco…
o romperlo del todo.




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