Omisión

TRECE

Mara habló despacio.

No porque dudara, sino porque quería que cada palabra cayera sola, sin ayuda.

—No vine a corregir mi declaración —dijo—. Vine a precisar un punto.

La mujer no la interrumpió. No tomó notas. Eso era nuevo.

—Cuando escribí que no percibí indicios claros de una situación que requiriera intervención inmediata —continuó Mara—, no estaba negando una percepción. Estaba describiendo un umbral.

—Explícate —pidió la mujer.

—Percibir algo no implica saber qué hacer con eso —dijo Mara—. Y no todo lo percibido es legible como riesgo en el momento en que ocurre.

Silencio.

—¿Está diciendo que percibió algo? —preguntó la mujer.

Mara sostuvo la mirada.

—Estoy diciendo que percibí una interrupción —respondió—. Algo fuera de lugar. Un segundo que no siguió la lógica de los anteriores.

No dijo golpe.
No dijo ruido.
No dijo persona.

—¿Y por qué no intervino? —preguntó la mujer.

Mara no esquivó la pregunta.

—Porque no todo lo que interrumpe es inmediatamente interpretable como amenaza —dijo—. A veces lo entendemos después. Cuando ya no sirve.

La mujer cruzó las manos.

—Iván sugirió que usted tiende a atribuirse responsabilidades de manera retrospectiva.

Mara asintió.

—Es posible —dijo—. Pero atribuirme responsabilidad no es lo mismo que atribuirme capacidad.

—¿Cuál es la diferencia?

—La capacidad supone que sabía —respondió Mara—. La responsabilidad supone que estuve allí.

La frase quedó suspendida.

—Usted estaba allí —dijo la mujer.

—Sí —admitió Mara—. Pero no estaba en posición de saber.

No era una defensa.
Era una reformulación.

—¿Está cambiando su versión? —preguntó la mujer.

—No —respondió Mara—. Estoy delimitando su alcance.

La mujer la observó con atención nueva. No desconfianza. Interés profesional.

—Esto que dice —señaló— no invalida su declaración anterior.

—Lo sé —dijo Mara—. Por eso la firmé así.

La mujer inclinó la cabeza apenas.

—Pero sí cambia cómo se interpreta su silencio.

—Exacto.

Ahí estaba el movimiento.

Mara no había negado la pausa.
La había despojado de intención.

—Entonces —dijo la mujer—, ¿usted sostiene que no actuó porque no supo cómo leer la situación?

—Sostengo que no toda lectura tardía implica una omisión consciente —respondió Mara—. A veces es solo eso: tardía.

La mujer cerró la carpeta.

—Esto va a generar preguntas —dijo.

—Lo sé.

—Y va a tensionar otras versiones.

Mara respiró hondo.

—También lo sé.

—¿Incluida la de Iván?

Mara no sonrió. No se endureció.

—No estoy aquí para tensionar a nadie —dijo—. Estoy aquí para que no se confunda una pausa con una decisión.

Silencio.

La mujer la observó largo rato.

—¿Sabe qué es lo más difícil de probar? —preguntó al fin.

—Qué.

—La diferencia entre no saber… y no querer saber.

Mara sostuvo la mirada.

—Por eso elegí palabras —dijo—. No excusas.

Cuando salió, el aire le pareció más denso.

Iván estaba afuera. No apoyado. De pie. Esperando.

—Hablaste —dijo.

—Sí.

—¿Qué dijiste?

Mara lo miró con una calma que no era triunfo ni alivio.

—Nada que contradiga lo firmado —respondió—. Y todo lo suficiente para que no seas el único marco disponible.

Iván la observó, midiendo.

—Eso fue… preciso.

—Aprendí de vos.

No era un reproche.
Era un reconocimiento incómodo.

—Ahora van a mirarnos a los dos distinto —dijo Iván.

—Eso ya pasaba —respondió ella—. Solo que antes yo no lo sabía.

Iván asintió despacio.

—Entraste al juego.

—No —corrigió Mara—. Dejé de fingir que no estaba jugando.

Se quedaron ahí, uno frente al otro, sin acercarse.

No había romance.
Había simetría.

Y eso, para ambos,
era mucho más peligroso.




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