Paula no lloró cuando la llamaron.
Eso fue lo que más inquietó a Mara cuando se enteró.
La vio desde lejos, sentada en el borde de la fuente seca, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo, como si estuviera ensayando una respuesta que no terminaba de convencerla. Había dos personas con ella. No hablaban. Esperaban.
—No tenías por qué venir —le dijo Iván, en voz baja, cuando Mara se detuvo a su lado.
—No vine por ella —respondió Mara—. Vine por mí.
Iván no insistió.
Paula levantó la vista y la reconoció enseguida. No con alivio. Con algo más complejo: acusación sin reproche.
—Hola —dijo Paula.
—Hola —respondió Mara.
Las dos personas se levantaron. Dijeron que volverían luego. No dieron explicaciones. No hacían falta.
El silencio que quedó no fue incómodo. Fue tenso, como si todas supieran que ya había pasado algo irreversible.
—Me preguntaron por vos —dijo Paula, sin rodeos—. Por la mochila. Por la mirada.
Mara no reaccionó.
—Les dije la verdad —continuó Paula—. Que te vi salir. Que me miraste. Nada más.
—Eso ya es bastante —dijo Mara.
Paula sonrió apenas. No era una sonrisa feliz.
—Eso dijeron ellos también.
Mara sintió el peso exacto de su frase anterior, la que había “delimitado el alcance” de su silencio. No había mentido. Pero había redistribuido.
—Ahora creen que yo estaba más consciente que vos —añadió Paula—. O que vos estabas en shock. O que necesitás protección.
Iván se tensó a su lado.
—¿Y vos qué creés? —preguntó Mara.
Paula la miró directo.
—Creo que me convertí en una variable —respondió—. Y que nadie me avisó.
Eso fue justo.
Demasiado justo.
—No fue mi intención —dijo Mara.
—Lo sé —respondió Paula—. Por eso da más bronca.
Silencio.
—Me preguntaron si escuché algo más —añadió—. Si dudé. Si pensé en entrar.
Mara tragó saliva.
—¿Y?
—Dije que no —respondió Paula—. Y fue verdad. Yo no dudé. Seguí caminando.
La frase cayó pesada.
—Eso ahora juega en tu contra —dijo Iván.
Paula lo miró por primera vez.
—¿Siempre hablás así? —preguntó—. Como si esto fuera un tablero.
Iván no respondió.
Paula volvió la mirada a Mara.
—Tu pausa me volvió visible —dijo—. Y no sé si estoy lista para eso.
Mara sintió algo parecido a una fisura interna. No culpa total. No inocencia. Algo intermedio y molesto.
—Si pudiera deshacerlo… —empezó.
—No podés —la interrumpió Paula—. Y tampoco te lo estoy pidiendo.
Se levantó despacio.
—Solo quería que supieras que ahora me miran distinto —dijo—. Como si hubiera pasado por algo… por delegación.
Se alejó sin esperar respuesta.
Mara se quedó inmóvil.
—Esto era inevitable —dijo Iván, más para convencerse que para explicarle.
—No así —respondió Mara—. No con ella.
—Las consecuencias no eligen —replicó Iván—. Se distribuyen.
Mara lo miró por primera vez con algo nuevo en los ojos. No enojo. Medición.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Qué consecuencia estás pagando vos?
Iván no respondió enseguida.
—Todavía ninguna —dijo al fin.
—Entonces no terminó —respondió Mara.
Se dio vuelta y se fue.
Mientras caminaba, entendió algo que no había previsto cuando eligió hablar con estrategia:
Había logrado proteger su versión.
Había logrado desplazar el marco.
Pero el costo no lo estaba pagando el sistema.
Lo estaba pagando otra persona.
Y esa era una variable que no había calculado.
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Editado: 29.12.2025