CAP 2
ENTENTE DE LA SOMBRA
Las antorchas apenas lograban vencer la oscuridad de los muros húmedos cuando el rey Palus descendió al reino subterráneo.
El aire, denso, olía a piedra antigua y a secretos enterrados durante siglos. En el umbral de la gran sala, Sumum aguardaba.
Erguido, inmóvil, parecía una figura tallada en la misma roca.
Sus ojos, serenos y profundos, brillaban con la calma de quien conoce lo que otros temen.
Extendió la mano.
—Bienvenido, Rey Palus —proclamó el Gran Maestre, con una voz que parecía surgir desde las entrañas de la tierra.
Palus sostuvo la mirada.
—¿Dónde está su rey?
Sumum esbozó una leve inclinación.
—Su majestad lo aguarda.
Un instante después, la figura del soberano emergió desde la penumbra.
—Perdón por la demora… pero qué sorpresa verlo aquí, Rey Palus.
—Sumum… qué placer verte.
Palus descendió de su corcel azabache.
El eco del impacto resonó en la piedra.
Ambos se acercaron y sellaron el encuentro con un firme apretón de manos: un gesto que contenía respeto… y cautela.
—Todo está preparado
—dijo Sumum—.
—Esta noche habrá cena en su honor. —Será bienvenida
—respondió Palus—.
El viaje ha sido arduo.
Comenzaron a avanzar por los corredores de piedra.
—He venido a sellar la alianza
—añadió Palus—.
—Agradezco que haya aceptado. Este paso definirá el futuro de nuestros reinos.
—Mañana reuniremos al consejo
—respondió Sumum—.
—Allí se sellará el acuerdo.
Palus lo miró de reojo.
—Sería prudente comenzar a evaluar los términos.
Sumum negó suavemente.
—Lo prudente… es que descanse. Esta noche es para recuperar fuerzas.
Un asistente se adelantó en silencio. —Lo acompañará a sus aposentos
—indicó Sumum—.
—Considere este lugar como su casa.
El gesto fue correcto.
Medido.
Impecable.
Y, sin embargo, las sospechas no desaparecieron.
La cena llegó envuelta en una extraña dualidad: festiva en apariencia, austera en esencia.
Las palabras fluían con cortesía, pero cada mirada medía, calculaba, pesaba.
Tras el último brindis,
Palus se retiró.
A la mañana siguiente, el gran salón estaba dispuesto.
El letrado sostenía el acta.
Todo estaba preparado.
Los redoblantes anunciaron la entrada de los soberanos.
Cada uno ocupó su lugar.
El Gran Maestre alzó la voz:
—Que comience el acto.
Palus tomó la pluma… y firmó. El sonido del trazo fue breve, pero definitivo.
Sumum hizo lo propio.
El acta fue alzada ante los presentes.
—El acuerdo ha sido sellado.
El aplauso resonó en las paredes de piedra, cerrando la ceremonia. Ambos reyes se retiraron juntos.
—Ha sido un gran anfitrión
—dijo Palus—.
—La estancia ha sido digna de su reino.
—Buen regreso
—respondió Sumum—.
—Pronto visitaré sus tierras.
—Será bienvenido.
Palus montó su corcel negro. Y partió. El destino de ambos reinos había sido sellado.
Ahora… solo restaba ejecutar el movimiento correcto.
En aquel breve intercambio, la superficie y la profundidad se reconocieron.
No fue solo un saludo: fue el inicio de un vínculo que resonaría más allá de la oscuridad.
El silencio que siguió fue denso, pesado como la roca.
Los guardianes observaron.
Sabían la verdad.
Aquel acuerdo no era el final.
Era el comienzo.