Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

CAPITULO 1

CAP1

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FUEGO Y ARENA

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Ícaro descendió del lomo de Drako en las arenas ardientes de Shangricol.

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El viento del desierto silbaba entre las dunas, levantando polvo que se pegaba a la piel y al metal de las lanzas.

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Los jinetes del reino lo miraban con mezcla de asombro y recelo: no era común ver al sapiente del dragón en tierras tan áridas.

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Pero Ícaro no venía solo como jinete. Venía como enviado del rey Cisero, anciano soberano de Yarlug, que lo había protegido desde joven y lo instruía en silencio, preparándolo para ser su sucesor.

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Ícaro cargaba con la confianza de un reino y con la fuerza de una simbiosis única: él y Drako eran almas gemelas, unidos por naturaleza.

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En el palacio de piedra, Hazard lo recibió rodeado de consejeros y estrategas. El ambiente estaba cargado de tensión, las antorchas chisporroteaban contra los muros ennegrecidos y el aire olía a arena caliente y sudor de caballos.

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—¿Intentaron el diálogo con el rey de Palasor? —

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preguntó Hazard, con la voz grave, midiendo el temple del joven.

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—Lo hicimos, majestad

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—respondió Ícaro, con firmeza contenida—.

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—Pero su postura es inflexible. No escucha razones, solo exige sumisión.

Cisero me envió porque cree que aún hay esperanza en la palabra.

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Tal vez usted, con su autoridad, pueda evitar el enfrentamiento. Hazard lo observó en silencio, pensativo.

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—Palus nunca fue hombre de palabras, sino de dominio. Pero mientras exista una palabra por decir, la diré.

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Si el diálogo fracasa… Shangricol no retrocederá. Ícaro inclinó la cabeza, consciente de que la respuesta era más que un compromiso: era una alianza.

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—Mi pueblo está dispuesto a defender su tierra

—añadió, pero carece de experiencia en combate. Somos pacíficos, majestad. Necesitamos instrucción, alguien que nos enseñe a resistir.

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Hazard apoyó las manos sobre la mesa, los nudillos tensos.

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—Tienes mucho que aprender, Ícaro. Pero también tienes algo que no se enseña: compromiso.

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—Mis mejores jinetes y estrategas entrenarán a tu gente. Si llega la guerra, no estarán solos.

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La alianza estaba sellada. En un momento de distensión, Ícaro se atrevió a sonreír.

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—Majestad… ¿le gustaría montar a Drako?

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—preguntó, casi como un desafío juvenil.

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Hazard soltó una carcajada que resonó en la sala.

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—Yo soy jinete de caballos. Prefiero los pies sobre la tierra.

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—No es difícil

—replicó Ícaro con entusiasmo—. Solo se necesita audacia.

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Hazard lo miró con complicidad.

—Entonces quédate tú con tu audacia

—dijo sonriendo—.

Yo me quedo con mi experiencia.

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Ícaro emprendió el regreso con Drako.

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Volvía con algo más valioso que un ejército: una alianza que cambiaría el destino de Omnia.




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