Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

CAPITULO 5

CAP 5

LUNA CABAL

La mediación había muerto. En el pasillo, donde las antorchas proyectaban sombras alargadas y vacilantes contra las paredes de piedra, el Rey Hazard interceptó al Rey Palus. El aire allí era más frío, cargado con el olor a hierro y humedad del castillo. —Acompáñeme —soltó Hazard. Su voz, aunque baja, arrastraba el cansancio de quien ha intentado sostener un mundo que se desmorona. Palus no emitió sonido. Su mandíbula, tensa como una cuerda a punto de romperse, fue su única respuesta, pero sus botas pesadas marcaron el ritmo sobre las baldosas mientras avanzaban hacia el Salón de los Acuerdos. Era una estancia de techos altos donde la luz de la luna filtraba un tono grisáceo, iluminando la mesa rústica de roble, una pieza colosal marcada por siglos de firmas, mapas extendidos y puñetazos de reyes que ya eran polvo. Una vez dentro, Hazard buscó los ojos de su par, tratando de encontrar un rastro de duda. —Aún hay margen —insistió, y su voz rebotó contra las vigas de madera superior—. Podemos llegar a un acuerdo. Señaló la mesa, ese altar de la diplomacia donde tantas veces se había evitado el desastre. Habló de recursos que fluirían, de beneficios compartidos, de una estabilidad que sus pueblos necesitaban para no morir de hambre. Pero Palus permanecía rígido, negándose a tocar la silla, como si sentarse fuera una rendición. —No —la negativa de Palus cortó el aire como una hoja afilada. —Piénselo, Palus. El comercio, la paz… —intentó Hazard, pero fue interrumpido por un gesto violento de la mano del otro rey. —No me interesa su riqueza, ni el brillo de su poder —sentenció Palus. Su tono se volvió profundo, gutural, cargado de un desprecio que parecía nacer de las entrañas—. Mi objetivo no se mide en monedas ni en hectáreas. Va mucho más allá de su lógica de mercader. Mi postura, Hazard, es ya irrecuperable. Se volvió con un movimiento brusco hacia la salida. Pero antes de que pudiera tocar el picaporte, la pesada puerta de roble se abrió desde afuera con un quejido metálico. Allí estaba el Rey Císero. Inmóvil. Una presencia que parecía haber absorbido todo el silencio del castillo. Sus ojos, fijos y gélidos, delataban que no se había perdido ni una sola sílaba de la disputa. Dio un paso lento hacia el centro del salón, y el eco de su bota sobre el suelo de piedra sonó como un veredicto. —Su objetivo —dijo Císero, con una voz que vibraba con una autoridad ancestral— es destruir lo que se nos otorgó por naturaleza. Usted ha invocado a las armas, Palus. Hubo un silencio denso, de esos que duelen en los oídos. Císero acortó la distancia, su figura recortada por la luz pálida que entraba por los ventanales. —De acuerdo. A las armas deberá enfrentar. Mi decisión… también es la batalla. Hazard guardó silencio, comprendiendo que la política había dejado paso al acero. Palus no respondió; simplemente cruzó el umbral y salió al corredor. La puerta se cerró tras él con un portazo seco y masivo que retumbó en las paredes, un estruendo que viajó por los túneles y las torres del castillo como un trueno encerrado. Císero no retrocedió. Se quedó mirando la mesa rústica, donde ya no habría más firmas. El pacto de sangre estaba sellado. El escenario estaba listo: la inmensidad del desierto, el manto de la noche y la luz implacable de la Luna Cabal.




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