Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

CAPITULO 6

CAP 6

ESFERA ECUÁNIME

El puerto de Tiemkush, habitualmente bullicioso, se sumergió en un silencio expectante cuando las dos naves de Gardis hendieron las aguas mansas para atracar. El Rey Galateo descendió por la pasarela con una comitiva que se movía con la precisión de un mecanismo de relojería. En tierra firme, como una estatua tallada en la misma roca del muelle, lo aguardaba el Rey Summun. Sus ojos, fijos y analíticos, no perdían detalle de cada paso, de cada respiración. No hubo abrazos, ni gestos innecesarios; solo la economía de movimientos de dos hombres que saben que el mundo está a punto de cambiar. —Bienvenido a Tiemkush —soltó Summun, con una voz que apenas se elevaba sobre el murmullo de las olas golpeando el casco de los barcos. Sin más preámbulos, ambos monarcas emprendieron la marcha hacia el castillo, cuyas torres se recortaban contra un cielo que empezaba a oscurecerse. Al llegar al Salón de los Acuerdos, solo los nobles de más alto rango cruzaron el umbral. Cuando las pesadas puertas de madera se cerraron, el eco del cerrojo pareció drenar el aire de la estancia. El ambiente cambió de inmediato: ya no estaban ante el pueblo, sino ante la cruda realidad de la guerra. Gardis no había enviado a su rey por una cuestión de cortesía; lo había enviado por la punzante urgencia de la preocupación. —Póngase cómodo, Galateo. Considere esta su casa —dijo Summun, señalando los asientos labrados. Galateo, sin embargo, permaneció de pie, dejando que su capa rozara el suelo de piedra. Sus ojos recorrieron la sala antes de clavarse en su interlocutor. —Ahorremos las formalidades, Summun. Vayamos a los hechos —su voz era firme, carente de cualquier adorno—. Tengo información de que la mediación entre Hazard y Palus ha fracasado. —Así es —responde Summun, sosteniendo la mirada—. No hubo acuerdo. Lo que sigue es la batalla. Un silencio breve y tenso se instaló entre ellos. Galateo asintió apenas con la cabeza, procesando la magnitud del desastre. Ya no había lugar para la especulación; la ambición de Palus había arrastrado a todos al borde del abismo. —Entonces voy a ser claro —declaró Galateo, rompiendo el silencio—. La alianza se mantiene. Mi palabra sigue en pie, pero no expondré a Gardis a una carnicería innecesaria. Solo entonces, con un movimiento calculado, tomó asiento. —Mi posición es neutral. Mantendré la distancia suficiente de cualquier consecuencia directa o daño colateral que esta guerra provoque. Summun lo observó en silencio. No hubo reproche en su rostro, solo cálculo. Estaba midiendo la lealtad de un aliado que prometía apoyo pero retiraba el cuerpo del campo de batalla. —Eso mantiene en pie el Nuevo Orden —agregó Galateo, como si necesitara justificar su prudencia—. Y, al final, eso es lo único que importa. —Respeto su postura —concedió Summun con una lentitud deliberada—. Y valoro que, a pesar de su distancia, sostenga la alianza. Pero el tono de Summun cambió, volviéndose más urgente, más afilado. —Sin embargo, el tiempo de la espera se ha terminado. Debo dirigirme a Palasor de inmediato para coordinar con Palus y definir la estrategia final. —Se inclinó levemente hacia adelante sobre la mesa, y la luz de las velas resaltó las sombras de su rostro—. En este escenario, Galateo, cada demora es una ventaja que le entregamos al enemigo. Galateo comprendió que la diplomacia había cedido su lugar a la logística de la guerra. —Entonces no espere más por mí. Summun se puso de pie con una determinación que pareció llenar el salón. La decisión estaba tomada. —Partiré con mi comitiva hacia el Reino de los Pantanos al amanecer. Un leve gesto, casi imperceptible entre ambos, selló este entendimiento asimétrico. La tensión bajó un grado, aunque el peso de lo acordado seguía allí. —Es un honor recibirlo —concluyó Summun, recuperando un tono más hospitalario—. He preparado un agasajo para usted y su gente. Disfrute de lo que Tiemkush ofrece antes de que el cielo se llene de humo. Por primera vez, Galateo mostró una mínima distensión en sus facciones, un rastro de humanidad en medio de tanta frialdad política. —Será un placer. Summun se detuvo antes de salir, dejando una última frase que flotó en el aire como una sentencia. —Hoy más que nunca, Galateo... la alianza del Nuevo Orden sigue en pie.




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