CAP 7
LA ESTRATAGEMA
El contingente partió bajo el manto gélido de la madrugada, dejando atrás la seguridad de Tiemkush para internarse en las entrañas del Reino de Palasor. El paisaje se fue transformando en una red de aguas estancadas y niebla perpetua, hasta que las torres oscuras del castillo de Palus emergieron del fango como colmillos de piedra. Allí, en el corazón del pantano, el aliado estratégico esperaba con la impaciencia de quien ya se siente dueño del mundo. No hubo recepciones pomposas. Los soberanos se dirigieron directamente al Salón de los Patíbulos, una estancia sombría y húmeda donde el eco de las gotas filtrándose por las paredes puntuaba el silencio. En el centro, iluminada por antorchas que chisporroteaban con dificultad, se alzaba una imponente maqueta a escala del campo de batalla; un mapa de arena, madera y metal que representaba el destino de miles de hombres. Junto a los reyes, los generales y líderes de los ejércitos permanecían como sombras expectantes. El primer movimiento de la pieza fue político: la coordinación total. Se estableció que ambos ejércitos marcharían como un solo bloque, una masa compacta de acero posicionada estratégicamente para no dejar grietas. En un gesto de confianza táctica, el General de Palasor y el Legionario de Tiemkush se retiraron a una sala continua para afinar los detalles técnicos, dejando a los soberanos frente a la maqueta. El aire se volvió pesado mientras las manos de los reyes se movían sobre el mapa, desplazando pequeñas figuras que simbolizaban vidas humanas. —Esa reserva es excesiva —sentenció Palus, golpeando con el dedo la retaguardia de la formación—. La victoria no se mendiga, se arrebata. Debemos presionar con todo desde el inicio, que sientan el peso de nuestra ambición antes de que puedan reaccionar. Summun, sin embargo, no retiró la mano de la maqueta. Sus dedos permanecían firmes sobre las líneas de defensa, fríos como el mármol. —Debemos sostener el control, Palus. El objetivo es dominar, no simplemente ganar rápido. Una victoria apresurada es una victoria frágil. Un silencio denso cayó sobre el Salón de los Patíbulos. Palus no respondió de inmediato; sus ojos brillaban con esa codicia desmedida que Hazard y Císero tanto temían. No cedió por completo, pero el peso del razonamiento de Summun quedó suspendido en el aire como una advertencia. Fueron horas de análisis agotador, de contradicciones y de voluntades que chocaban sobre el tablero. Cada movimiento era una disputa entre la furia de Palus y el cálculo de Summun. Finalmente, el plan de batalla quedó sellado. Ya no era una idea, era una sentencia de muerte firmada sobre el mapa de arena. Solo restaba aguardar. El desierto de Shangricol los esperaba, un escenario vasto y vacío que pronto se llenaría de sangre. El momento estaba marcado: el instante preciso en que la luz de la tarde se rinde ante la intensidad de la noche, y la primera Luna Cabal dé la señal de inicio. La suerte estaba echada. En el Salón de los Patíbulos, el eco de las voces se apagó definitivamente. Las palabras, los tratados y las promesas ya no tenían valor; ahora, la decisión final pertenecía únicamente al rugido de las armas.
Editado: 21.04.2026