Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

CAPITULO 8

CAP 8

LA TRAVESÍA BAJO LA BRUMA

La comitiva emprendió el retorno hacia los dominios de Tiemkush con la misma disciplina con la que había llegado. La formación se mantenía firme, el paso constante, y el silencio propio de quienes ya habían cumplido con lo que debían. Nada indicaba que el trayecto de regreso fuera a diferir del de ida. Fue entonces cuando el aire comenzó a cambiar. Primero, de forma casi imperceptible. Más denso. Más pesado. Como si cada respiración exigiera un esfuerzo adicional. El viento, que hasta ese momento acompañaba el avance, empezó a perder fuerza. No cesó de inmediato. Se retiró. Como si abandonara el terreno. Summum no detuvo la marcha. Pero alzó la mirada. Algo no encajaba. La bruma apareció sin anuncio. No descendió. No se formó. Simplemente estuvo. En cuestión de instantes, la visibilidad se redujo a unos pocos pasos. Las siluetas comenzaron a diluirse. Las filas, antes compactas, empezaron a fragmentarse. Las órdenes siguieron su curso. Al principio. Luego comenzaron a perderse en la densidad del entorno. No porque no fueran emitidas. Sino porque no llegaban. Summum repitió indicaciones. Más breves. Más precisas. El resultado fue el mismo. La referencia del terreno se volvió inútil. Los puntos de orientación desaparecieron o dejaron de coincidir. El sonido se volvió extraño. Amortiguado. Distorsionado. Era difícil determinar de dónde provenía algo… o hacia dónde debía dirigirse. El avance se transformó en intento. Y el intento, en desgaste. El tiempo dejó de medirse en distancia. Se percibía en el cansancio. En la repetición. En la falta de resultado. Nadie hablaba más de lo necesario. Las decisiones se acortaron. Los movimientos se volvieron contenidos. Summum ya no caminaba al frente. Observaba. Ajustaba. Reducía. La bruma no ofrecía resistencia. Pero tampoco concedía salida. Cuando la noche cayó, no hubo transición. La oscuridad no se sumó: se fusionó. El entorno dejó de ser visible. Y lo que no se veía… empezó a sentirse. No había forma de establecer límites. Ni de anticipar. La comitiva permaneció. No por elección. Sino porque no había dirección posible. En Tiemkush, la ausencia comenzó a pesar. El tiempo esperado de retorno había sido superado. Y no había señales. El Gran Maestro convocó a asamblea. Las voces se sucedieron sin orden claro. Se plantearon posibilidades, ninguna concluyente. Se evaluaron caminos, todos inciertos. La falta de información imponía un límite. Fue entonces cuando un joven consejero pidió la palabra. No ofreció certezas. Solo una acción. Enviar un mensaje No hubo preparativos. Una de las aves de vigilia descendió desde la altura que no se ve. Se posó. Recibió.

Y partió.La peripecia llegó a su fin cuando la comitiva arribó al castillo de Tiemkush. El desconcierto se instaló entre los presentes. Las interpretaciones comenzaron a tomar forma: conjeturas, lecturas cruzadas, voces que no lograban imponerse, pero que impedían que los ánimos se distendieran. Días después, llegó la respuesta desde los dominios del pantano. Un mensaje correcto. Medido. Sin fisuras. Tan carente de peso como de implicación. Fue leído en silencio. Nadie añadió nada. Summum tomó el documento. Lo sostuvo apenas un instante más de lo necesario. Luego lo dejó a un lado. Se incorporó sin apuro. Y dio por concluida la asamblea. Sin una sola palabra.




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