Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

CAPITULO 9

CAP 9

EL PESO DEL SÍMBOLO

El entusiasmo palpitaba en las venas del joven Ícaro. Para él, el conflicto inminente no era una tragedia, sino el escenario ideal para demostrar que sus habilidades estaban a la altura de su linaje. Con esa urgencia quemándole el pecho, acudió a la Gran Fragua para buscar al Sabio Herrero del reino. —Buenas tardes, joven Ícaro —saludó el artesano, sin apartar la vista del metal incandescente—. ¿Qué necesidad lo trae por aquí con tanta prisa? —Mi urgencia nace de la necesidad de su experiencia —respondió Ícaro, su voz compitiendo con el rítmico golpe del martillo—. He tenido un entrenamiento arduo, me siento capaz, pero mi sensación es la de un caballero que aún no ha empuñado su verdadera arma. No poseo un símbolo; me falta esa hoja que proyecte mi destino hacia el futuro de Charlock. El herrero detuvo su labor y lo miró con ojos cargados de siglos de oficio. —Usted tiene una propuesta ambiciosa, cargada de riesgos para los que debe estar preparado. Pero se equivoca en algo: lo que me solicita ya ha sido forjado. Esa espada existe y aún aguarda por su dueño. Ícaro dio un paso al frente, sorprendido. —¿Una espada que espera? ¿Dónde está? —Esa hoja, trayectoria y futuro en un solo acero, está en poder de Su Majestad, el Rey Císero —sentenció el anciano—. Es él quien entregará el símbolo al guerrero por excelencia. Ya sabe a quién acudir. Sin perder un instante, Ícaro partió raudamente hacia el palacio. Irrumpió en el salón principal, donde el Rey Císero contemplaba el atardecer desde el balcón, bañado por una luz dorada que parecía fundirse con su propia corona. —¡Su Majestad! —exclamó Ícaro, rompiendo la quietud del salón—. Tengo un petitorio especial. Me han dicho que usted posee la espada simbólica, la que aguarda ser empuñada por un nuevo dueño. Císero se volvió lentamente, su rostro era una máscara de serenidad y firmeza. —¿Quién te ha hablado de la existencia de ese símbolo? —preguntó con voz profunda. —El Sabio Herrero. Él me indicó que la espada está en su poder.

—Escucha, jovencito —dijo Císero, dando un paso hacia él—. No seas impertinente. Tú aún no estás listo para reclamar ese acero. —Pero Su Majestad, yo... —¡Basta! —la voz del Rey resonó en las paredes de piedra—. Ícaro, tú serás quien me reemplace. Serás nombrado mi sucesor y no estoy dispuesto a que corras riesgo alguno. Draco aún es joven, igual que tú. Ambos son inmaduros para el horror que se avecina. He tomado la decisión de que se mantendrán al margen de esta guerra como observadores. La frustración de Ícaro se reflejó en su mirada, pero Císero no flaqueó. —Tú eres el futuro de Charlock. Draco es el guardián de nuestro fuego sagrado. No pondré en peligro el mañana por un ímpetu del hoy. Esa es mi decisión final. Císero se acercó al joven y puso una mano sobre su hombro, suavizando el tono pero manteniendo la autoridad. —Ahora, hazte cargo de los preparativos. Mañana, con los primeros rayos del sol, partiremos hacia el reino del desierto.




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