Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

XVII. El Peso del Destino

Capitulo 17:

El Peso del Destino

El Rey Palus sintió el olor a azufre y arena quemada penetrando en sus fosas nasales. El aire todavía vibraba con el calor de la bocanada de Drako, y el efecto en sus filas era inadmisible: sus hombres estaban mudos, estáticos, con los ojos fijos en el cielo y las manos temblorosas sobre el metal. El pánico carnal había paralizado la vanguardia de la Conspiración. Los Renakistas con sus mazos miraban de reojo el risco, perdiendo la postura de ataque. La iniciativa corría peligro.

Palus no podía permitir que el miedo ajeno devorara su victoria antes de empezar.

Hizo girar a su montura con brusquedad frente a sus hombres, plantándose como un muro entre ellos y el eco del dragón. No buscó infundir esperanza; buscó despertar la rabia.

—¡Miren la arena! —rugió Palus, con una voz rasposa que cortó la parálisis del frente—. ¡No hay bestia aquí que pueda detener el peso de nuestro acero!

Espoleó a su caballo a lo largo de la línea, obligando a los lanceros a mirarlo a los ojos.

—Sabemos quiénes somos. Sabemos por qué pisamos este desierto maldito. No vinimos a negociar con reyes débiles ni a pedir permiso para existir. Vinimos a tomar lo que la historia nos debe. ¡Vinimos a aplastar la Fusión del Halo hasta que no quede un solo rastro de su luz!

El rey se detuvo ante el grupo de guerreros. Los señaló con el dedo índice, cargado de un desprecio absoluto por la debilidad.

—¡Alcen esas armas! El fuego de arriba no rompe los huesos; sus mazos sí. La Conspiración no retrocede. Nadie va a salvarlos de lo que les espera cuando demos el primer paso. ¡Demuéstrenles que el verdadero terror camina sobre la arena!

La arenga golpeó el orgullo de la tropa como un latigazo. El estremecimiento del miedo comenzó a transformarse en un murmullo espeso, un gruñido colectivo que nació en las gargantas de las mesnadas y se extendió por toda la línea. Los guerreros aferrados a sus fuerzas volvieron a endurecerse.

Palus giró su caballo hacia el frente, apuntando con su espada directamente al corazón del ejército de Hazard.

—¡Por la Conspiración! —clamó—

—¡A por ellos!

El primer paso estaba dado. La quietud del desierto se quebró bajo el peso de la primera línea que se ponía en marcha hacia él choque que definirá su existencia.




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