Omnia 3 "Estirpe Insurgente"

XVIII. Las Garras de la Doctrina

Capitulo 18

Las Garras de la Doctrina

En el momento en que ambos frentes avanzaban, un vendaval furioso cobró protagonismo en el campo de batalla. La arena tibia, envuelta por las ráfagas, cubrió por completo la visibilidad entre los bandos; a pesar de ello, la embestida no se interrumpió. Los gritos de guerra ensordecían y aturdían los pensamientos, al punto que el accionar se transformó en un impulso inconsciente. A ciegas, los guerreros se entrelazaron entre escudos y espadas, entre lanzas y mazos, mientras la carga de las tropas de caballería aumentaba el caos escénico.

Solo una voz se escuchaba con nitidez. Era la del Rey Palus, que ordenaba:

—¡No desistan! ¡Sigan doblegando al enemigo, esta es nuestra oportunidad!

En ese instante, el Rey Palus giró la vista hacia uno de sus flancos, donde debían ubicarse las tropas de las catacumbas, pero solo descubrió un vacío desconcertante. La sorpresa lo obligó a detener su marcha. Observó al Rey Sumum, lo apuntó con su espada y liberó un grito furioso:

—¡Traidor! ¡Eres un traidor!

Ante la acusación, Sumum hizo caso omiso y mantuvo su postura firme, imperturbable.

En el centro del campo se libraba un combate despiadado y sanguinario. El caos alcanzó su cumbre cuando el viento arreció con una furia ciega; fue entonces cuando apareció, para hacer justicia, la poderosa Bruna, diosa de los vientos, enviada por la Savia para evitar que el daño fuera aún mayor.

Bruna convirtió el vendaval en una feroz tormenta de arena que paralizó las acciones, forzando al bando de la conspiración —ya debilitado por la deserción del Rey Sumum— a ordenar una retirada inmediata.

Desde lo alto del risco, Ícaro y su dragón Drako aguardaban observando la escena; sus rostros reflejaban preocupación e impotencia por no poder intervenir directamente. De pronto, Drako se lanzó al vacío con las alas desplegadas, dejando atrás a su jinete. Se dirigió directo al encuentro de su temible enemigo. Se posicionó sobre él y, abriendo sus garras, lo atacó por la espalda sin que el monarca lo notara: lo arrancó de su corcel y lo elevó hacia las alturas, perdiéndose en el horizonte oscuro.

El ejército del Rey Palus observaba con asombro, inmóvil y sin capacidad de reacción, cómo el dragón se dirigía hacia las montañas, precisamente rumbo al volcán inerte. Al llegar a su enorme boca, Draco se introdujo en ella, llevando al Rey Palus hasta lo más profundo, justo allí donde yace el fuego sagrado.

En el suelo, vencido y humillado, yacía el rey más temido. Con este acto, Draco honraba la memoria de su antepasado Daragón, quien había sido víctima de aquel monarca de los pantanos, también conocido como "el busca piel".

Con Palus derrotado y prisionero, su ejército diezmado y traicionado por su propio aliado, la batalla llegó a su fin.

La imagen de un caballero montando El corcel del Rey Palus, estremece a los derrotados guerreros de los pantanos.

Algunos sentados mirando el piso tratando de encontrar consuelo o entender lo acontecido

Otros parados con la mirada fija en el campo de batalla donde se hacían los caídos en combate.

La reacción no fue inmediata pero sí unánime al oir los cánticos en referencia a un disidente y sus sequitos.

Alzan sus espadas al grito de Lyrak , Lyrak, Lyrak hacen poner de pie al resto de los sobrevivientes y con vos le mando dice

Soy Lyrak su nuevo líder.

El pueblo me requiere y aquí estoy a su disposición para guiarlos hacia la nueva era del Reino de los pantanos.

La era de la oscuridad y la tiranía ha concluido, marchemos juntos hacia nuestros dominios.

Y así encabezado por Lyrak y sus sequitos junto a los demás guerreros retornan a Palasor.

Sin que nadie reclamara el triunfo ni se identificara como vencido, el conflicto culminó bajo la justicia y el poder del creador. La aparición de Bruna le devolvió a Omnia su equilibrio y quitó de la escena al temible soberano, poniéndole fin a su afán de conquistar el dominio de la luz. Su ambición lo condujo a la mayor de las humillaciones, dejándolo frente a su propia debilidad y logrando neutralizar, al fin, su poder oscuro.

Por otro lado, el Rey Hazard encabezó a su ejército rumbo a sus tierras con la frente en alto y la reputación intacta, retornando victorioso hacia su castillo. Mientras tanto, en el risco, un preocupado Ícaro esperaba el regreso de su compañero. Pronto, la sombra de unas alas inmensas delató la presencia de Drako; Ícaro subió sobre su lomo y juntos emprendieron el vuelo hacia el reino de Shangricol.

A lo lejos, la flota del rey de los mares levó anclas y se perdió en la línea del horizonte. Sumum y sus seguidores marchaban lentamente hacia sus dominios, sin bajas y saboreando el frío gusto de la venganza. En la distancia, la silueta de una mujer se divisaba borrosa: la diosa de los vientos retornaba a su guarida, con la satisfacción de haber cumplido la misión que la Savia le había encomendado.

Pasaron los días y, en el reino de Yarlug, se reunieron los miembros de la Fusión del Halo. La gran sorpresa del encuentro fue la presencia del Rey Sumum junto al Rey Galateo quienes comparecieron ante el portal del castillo solicitando una audiencia con Su Majestad, el Rey Cicero.

En el encuentro celebrado en la plaza de armas, el anfitrión junto al Rey Hazard se dirigen al encuentro con sus inesperados visitantes:

—Sean bienvenidos al Reino del Fuego. Mientras reine la paz, las puertas de Yarlug permanecerán abiertas para ustedes.—

El rey Sumum responde.

Que así sea que la paz y el equilibrio sean quienes rijan los destinos de nuestros reinos.

El Rey Galateo Dice la paz y el equilibrio ante todos como siempre fue y seguirá siendo.

Agradezco vuestra hospitalidad.

Hemos venido para fortalecer y en altar los símbolos que son el fundamento de nuestras tierras.

Erradicar la ideología que nos puso en riesgo y unificar la doctrina que se estableció en los comienzos de nuestro continente.




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