Capítulo II
La noche se impuso sobre los dominios de Omnia y con ella llegó el momento de compartir una misma mesa con quienes, tiempo atrás, habían sido enemigos.
Aún había algo que a muchos les costaba aceptar.
La paz.
No porque la rechazaran, sino porque durante años habían aprendido a vivir bajo la sombra de la guerra.
En el centro del gran salón, el Rey Hazard se puso de pie y alzó su copa.
—Los invito a disfrutar del banquete y del buen vino. Que esta noche sea motivo de celebración para todos los presentes.
A su lado, el Rey Galateo respondió levantando la suya.
—¡Que así sea!
El Rey Sumum se incorporó lentamente y, sin pronunciar palabra alguna, acompañó el brindis.
Los miembros del Priorato solían reunirse en ocasiones especiales para supervisar los destinos del Nuevo Orden y fortalecer los lazos entre los reinos.
Sin embargo, aquella reunión no estaba completa.
La avanzada edad del Rey Císero le había impedido asistir. Días antes había enviado una notificación informando que permanecería en Yarlug.
Lyrak, representante del Reino de los Pantanos, tampoco se encontraba presente. La consolidación del nuevo rumbo de sus dominios requería toda su atención.
Por su parte, el Príncipe Feristeo había desistido de asistir por expresa solicitud de la Reina Catabella, quien necesitaba de su presencia en Rávena para atender asuntos del Reino.
Aun así, la ausencia de algunos no impidió que la celebración continuara.
La música llenaba el salón.
Las copas chocaban unas contra otras.
Las conversaciones fluían entre nobles, consejeros y representantes de distintos territorios.
Pero no toda la atención estaba puesta en la política.
En uno de los extremos de la mesa principal se encontraba una joven cuya presencia no pasaba inadvertida.
Su vestido, adornado con delicados detalles de oro, reflejaba el brillo de las antorchas.
Sobre su cabeza descansaba una fina corona que distinguía su posición.
Era Attina.
La primogénita del Rey Hazard.
Heredera legítima de la corona.
Rodeada por sus doncellas, compartía risas y comentarios mientras observaba discretamente a los invitados.
Entonces, Hazard volvió a ponerse de pie.
El murmullo del salón cesó.
—Tengo el agrado y la satisfacción de presentar ante ustedes a mi hija, la Princesa Attina, heredera de este reino y futura soberana de estas tierras.
La joven se incorporó con elegancia.
No hizo ninguna reverencia exagerada ni pronunció largos discursos.
Simplemente sonrió.
Una sonrisa tranquila y segura.
Sus ojos recorrieron el salón observando a cada uno de los presentes.
Y fue entonces cuando muchos comprendieron que no estaban únicamente ante una princesa de extraordinaria belleza.
Estaban contemplando a una mujer destinada a ocupar un lugar importante en el futuro de Omnia.
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Editado: 11.06.2026