Capitulo 4
Las sendas que conducían al Reino del Fuego lucían cubiertas por estandartes carmesíes y dorados. Las insignias reales de Yarlug colgaban sobre las murallas volcánicas como si anunciaran el nacimiento de una nueva era. Más allá de los accesos principales, la gran ciudadela se abría paso entre antorchas encendidas, columnas de piedra oscura y un incesante murmullo de expectación.
Al final del ascenso se erigía la Plaza Mayor, colmada de nobles, consejeros y guardias ceremoniales que aguardaban el inicio del gran acontecimiento. Frente a todos ellos, imponente y silencioso, descansaba el Castillo del Fuego.
La primera comitiva en hacerse presente fue la de Tiemkush. El rey Summun avanzó acompañado por el Gran Maestre y parte de sus asesores más cercanos. Su presencia impuso solemnidad entre los concurrentes, que inclinaron la cabeza en señal de respeto.
Sin embargo, la atención de la guardia se desvió repentinamente hacia el acceso principal.
Dos jinetes descendían por el sendero de piedra sin escoltas ni estandartes que anunciaran su llegada.
Los guardias tensaron sus armas durante unos segundos, hasta reconocer las figuras que se aproximaban.
La reina Catabella.
Y junto a ella, el príncipe Feristeo.
Ambos arribaron solos, montando sus caballos bajo la tenue luz anaranjada que descendía sobre Yarlug. La guardia real bajó las armas de inmediato y realizó una reverencia solemne ante la flamante soberana de Rávena.
—Bienvenida, majestad.
Los asistentes tomaron las riendas de los caballos mientras Catabella y Feristeo avanzaban hacia el salón principal.
Apenas cruzó el umbral, Summun se puso de pie.
El rey abrió sus brazos y envolvió a su hija en un profundo abrazo que quebró por un instante toda formalidad política. No era el soberano de Tiemkush quien la recibía, sino un padre orgulloso contemplando el destino que su hija había alcanzado.
Luego dirigió la mirada hacia Feristeo y volvió a abrir sus brazos, recibiéndolo como parte de su propia sangre.
Las fanfarrias resonaron nuevamente en la plaza.
La comitiva de Shangricol acababa de llegar.
Encabezando el ingreso se encontraba el rey Hazard junto a su hija, la princesa Attina. Tras ellos, el imponente Galateo, rey de los mares y soberano de Gadir, hizo su entrada acompañado por sus consejeros navales, completando así la llegada de los grandes reinos de Omnia.
Entonces ocurrió el momento más esperado.
Al fondo del gran Salón del Fuego, los enormes pórticos comenzaron a abrirse lentamente.
El sonido metálico de las compuertas se extendió por todo el recinto mientras el Clero ceremonial hacía su aparición portando los símbolos reales.
Uno de ellos sostenía la corona.
Otro llevaba el cetro.
Y el último protegía el sello real: el anillo con el que el futuro soberano legitimaría alianzas, decretos y pactos entre reinos.
Los clarines comenzaron a sonar.
Los redoblantes acompañaron el avance solemne del rey Cisero y su sucesor.
Ícaro.
El silencio dominó el recinto.
Cisero tomó la corona entre sus manos y observó durante unos segundos al joven que había desafiado el destino, enfrentado la oscuridad y sobrevivido a la insurgencia.
Luego, lentamente, depositó la corona sobre su cabeza.
—Por la voluntad del Reino del Fuego… queda consagrado Ícaro, rey de Yarlug.
El estruendo de los aplausos sacudió el salón.
Y en ese mismo instante, una gigantesca sombra atravesó el cielo.
Drako.
El dragón sobrevoló el castillo lanzando interminables bocanadas de fuego incandescente que iluminaron las murallas, las torres y los estandartes de Yarlug.
No era una demostración de poder.
Era un homenaje.
El Reino del Fuego reconocía a su nuevo soberano.
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Editado: 11.06.2026