Omnia "El Nuevo Orden"

VI. La Sombra del Dragón

Capitulo 6

Con las primeras luces del amanecer, el rey Hazard ordenó enviar un mensajero hacia Palasor.

La respuesta era breve.

Aceptaba la invitación del líder de los pantanos.

Sin embargo, el soberano de Shangricol tomó recaudos inmediatos. Ordenó preparar una reducida comitiva integrada únicamente por guerreros de alto rango y hombres de absoluta confianza.

El Reino del Desierto no olvidaba fácilmente a sus enemigos.

Mucho antes de que el sol terminara de elevarse sobre las dunas, una gigantesca sombra atravesó los cielos de Shangricol.

Drako.

El dragón descendió lentamente sobre las terrazas reales mientras las ráfagas provocadas por sus alas agitaban los estandartes dorados del palacio.

Desde lo alto de la criatura descendió el Rey Ícaro.

Hazard avanzó hacia él apenas puso pie sobre la piedra ceremonial.

—Me sorprendes… has viajado toda la noche.

Ícaro esbozó una leve sonrisa mientras apoyaba una mano sobre las escamas oscuras de Drako.

—No deje de sorprenderse, majestad. Drako nació para desafiar distancias y tempestades. Hemos viajado durante toda la noche… pero jamás dudaría de mi compañero.

La enorme criatura soltó un grave resoplido mientras observaba el recinto.

Hazard asintió lentamente.

—¿Y cómo desconfiar de quien derrotó a Palus y lo confinó al cautiverio?

Los preparativos concluyeron poco después.

La comitiva abandonó Shangricol bajo un cielo despejado. Una doble hilera de jinetes escoltaba al rey Hazard mientras Drako sobrevolaba desde las alturas siguiendo el avance del grupo.

A medida que el viaje avanzaba, el paisaje comenzó a transformarse.

Las arenas quedaron atrás.

La humedad reemplazó al aire seco del desierto.

Y lentamente, la niebla comenzó a cubrir los senderos.

La noche encontró a la comitiva ingresando en los territorios pantanosos de Palasor.

Las ciénagas rodeaban el improvisado campamento mientras las sombras de los árboles deformados parecían vigilar cada movimiento de los viajeros.

Aunque el silencio dominaba el lugar, nadie lograba relajarse por completo.

Drako continuó sobrevolando la región durante horas, observando desde las alturas cualquier posible amenaza.

Recién cuando el dragón regresó al campamento, Ícaro permitió que sus hombres descansaran.

Con las primeras luces del nuevo día, el viaje se reanudó.

Poco antes de alcanzar la ciudadela principal, Hazard detuvo su montura y observó la niebla que cubría el horizonte.

—Ícaro.

—Lo escucho, majestad.

—Es momento de observar las cercanías del castillo.

El joven rey asintió.

—Nos aproximaremos con cautela y regresaremos una vez analizados los movimientos de la ciudadela.

—Ten cuidado —respondió Hazard—. Te esperamos pronto.

Minutos después, Drako atravesaba los cielos de Palasor ocultándose parcialmente entre la niebla.

Desde las alturas, Ícaro pudo observar la ciudadela.

No había señales de movilización militar.

Ni formaciones ocultas.

Ni indicios de emboscada.

El castillo permanecía en calma.

Tras varias pasadas, Drako regresó junto a la comitiva.

—No hemos detectado amenazas —informó Ícaro apenas descendió—. Todo parece desarrollarse con normalidad.

Hazard permaneció pensativo durante unos segundos antes de asentir lentamente.

—Entonces avancemos.

La comitiva retomó la marcha.

Finalmente, las enormes puertas del Reino de los Pantanos aparecieron entre la bruma.

La guardia real aguardaba en formación ceremonial.

Y en el centro de la plaza principal, donde aún permanecía erguida la antigua guillotina de Palasor, esperaba Lyrak acompañado por los miembros de su consejo.

—Bienvenido al Reino de los Pantanos, majestad —declaró Lyrak inclinando la cabeza.

Hazard descendió lentamente de su montura.

—Ha sido un largo viaje.

—Por esa razón hemos preparado recintos para vuestro descanso —respondió Lyrak—. Esta noche se celebrará un banquete en honor a vuestra llegada.

Hazar observó alrededor.

Palasor seguía siendo un reino marcado por las sombras del pasado.

Pero algo había cambiado.

Entonces, una gigantesca sombra cubrió repentinamente la plaza.

Drako.

El dragón descendió lentamente detrás de la formación real mientras Ícaro desmontaba frente a todos los presentes.

Lyrak avanzó unos pasos y extendió su mano hacia el rey del Fuego.

Por primera vez desde el inicio del viaje, la tensión comenzó a disminuir entre los presentes.

No por confianza absoluta.

Sino porque el Reino de los Pantanos acababa de demostrar que, quizás, realmente estaba intentando cambiar.




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