Omnia "El Nuevo Orden"

VIII. Detrás de las Puertas

Capitulo 8

Mientras en las tierras pantanosas el destino político de Palasor comenzaba lentamente a definirse, en Yarlug las celebraciones por la coronación del nuevo Rey del Fuego continuaban extendiéndose entre los salones y jardines reales.

La llegada de nobles y soberanos provenientes de distintos rincones del continente había convertido la antigua fortaleza de Císero en el centro político y ceremonial del nuevo orden.

Pero lejos de los debates del priorato y las tensiones diplomáticas que comenzaban a crecer entre los reinos, algunos acontecimientos de aquella noche quedarían grabados por motivos muy diferentes.

La coronación del nuevo Rey del Fuego dejó distintos acontecimientos dignos de ser recordados.

Pero entre todos ellos, hubo uno cargado de un profundo significado.

El rey Císero decidió abrir nuevamente las puertas de la antigua alcoba real.

Detrás de aquellas paredes habían quedado atrapados años de felicidad compartidos junto a su difunta esposa.

Después de su muerte, aquella habitación permaneció cerrada durante décadas, como si el monarca hubiese intentado conservar intactos los recuerdos que todavía habitaban en ella.

En un acto de solemnidad y respeto, el viejo rey ofreció la alcoba a la reina Catabella y a su consorte, el príncipe Feristeo.

Al ingresar, ambos percibieron de inmediato la atmósfera que envolvía el lugar.

El calor de la gran hoguera, construida con piedras extraídas de las canteras reales, otorgaba distinción y nobleza a la habitación.

La reina observó el entorno con admiración.

—Debo reconocer que esta alcoba posee una calidez y una elegancia difíciles de igualar —comentó mientras recorría lentamente el lugar con la mirada.

Un amplio ventanal con balcón se abría hacia los jardines reales, ofreciendo una vista exuberante imposible de ignorar.

En el centro descansaba una gran cama con dosel, amplia y confortable, cubierta con finas sábanas de seda y gruesas cobijas preparadas para enfrentar el frío de la noche.

Exhaustos después de la celebración, ambos se prepararon para descansar.

Aunque en los pensamientos de Feristeo no solo habitaba el deseo del descanso.

La intimidad de aquella alcoba, sumada al clima cálido y silencioso de la noche, parecía ideal para compartir un momento solo para ellos.

A la mañana siguiente, apenas los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar el reino, partieron a caballo rumbo a Rávena.

—Vayamos por el camino del bosque —propuso Catabella mientras acomodaba las riendas de su corcel.

Feristeo negó suavemente con la cabeza.

—No. Bordiemos la costa y atravesemos el estrecho de Waluff. El paisaje junto al mar es mucho más hermoso.

La reina sonrió.

—De acuerdo. Me parece una excelente idea.

Así emprendieron el recorrido hacia la ribera.

Al llegar a la playa, Feristeo giró sobre su caballo y desafió a la reina con una sonrisa confiada.

—Veamos quién llega primero hasta el acantilado.

Catabella arqueó apenas las cejas.

—Acepto. Pero procura no ser un mal perdedor.

—¿Perdedor yo?

—Eso está por verse.

Feristeo espoleó a su caballo.

—Te espero en la meta final.

Y mientras sujetaba con firmeza las riendas, Catabella respondió con seguridad:

—Veremos quién termina esperando a quién.




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