Capitulo 9
Demostrando su habilidad y un marcado espíritu competitivo, la reina Catabella alcanzó primero los acantilados.
El viento agitaba suavemente su cabello mientras descendía de su corcel con una expresión de satisfacción evidente.
Allí permaneció, aguardando a que minutos después apareciera Feristeo atravesando el último tramo del recorrido.
Apenas el joven se acercó, la reina sonrió con cierta ironía.
—Y bien… ¿quién esperaba a quién?
Feristeo soltó una leve risa mientras descendía de su caballo.
—Solo se trató de una cuota de suerte que corrió a vuestro favor.
—Más que suerte, diría que fue la agilidad de mi fiel corcel.
Catabella acarició el cuello del animal.
—Está entrenado para competir.
—Entonces debo reconocer que se encuentra a la altura del corcel real —respondió Feristeo—. Quizás debería exigirle lo mismo al mío.
La reina lo observó divertida.
—¿Aceptáis mi sugerencia… o vuestra derrota?
Feristeo inclinó apenas la cabeza.
—Acepto ambas cosas, Su Majestad.
—Eres un digno adversario —afirmó Catabella—. Pero será mejor regresar. Ambos merecemos descanso.
Horas más tarde, atravesaron el gran portal de ingreso a la ciudadela de Rávena.
Los habitantes del reino los recibieron con expresiones de respeto y entusiasmo mientras las campanas del recinto anunciaban el regreso de la reina.
En el hall principal aguardaba el Maestre, líder de los consejeros reales.
—Bienvenidos sean, Su Majestad. Hemos aguardado ansiosamente vuestro retorno. Todo ha sido preparado para que puedan recuperarse del viaje.
—Gracias por vuestra dedicación, Maestre —respondió Catabella mientras entregaba las riendas—. Es justo lo que necesito. Mañana tendremos asuntos importantes que debatir por el bienestar del reino.
El Maestre hizo una señal a uno de los jóvenes asistentes, quien condujo los caballos hacia los establos reales.
Mientras tanto, Catabella y Feristeo se dirigieron hacia sus aposentos.
Las doncellas encargadas de asistir a la reina ya habían preparado un baño caliente cubierto con sales minerales y delicadas fragancias.
Catabella ingresó lentamente en la tina, dejando que el calor del agua relajara la tensión acumulada durante los últimos días.
Poco a poco cerró los ojos, disfrutando por primera vez desde la coronación de un instante de absoluta tranquilidad.
Fue entonces cuando la presencia de Feristeo irrumpió silenciosamente en la habitación.
El joven se aproximó con discreción, aunque su inesperada aparición provocó que la reina abriera los ojos de inmediato.
—Ahora no… —expresó ella con serenidad—. Solo necesito un momento para mí.
Las palabras fueron suaves, pero suficientes.
Feristeo permaneció inmóvil durante unos segundos antes de bajar lentamente la mirada.
Sin responder, abandonó la habitación en silencio.
Catabella observó la puerta cerrarse lentamente.
No había sido rechazo.
Solo una necesidad imperiosa de soledad y descanso que el joven príncipe no había logrado interpretar de la manera correcta.
Sin embargo, incluso los silencios más pequeños podían convertirse en grietas peligrosas cuando el orgullo comenzaba a intervenir.
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Editado: 20.06.2026