Capitulo 11
Los primeros en ingresar al Salón Dorado fueron el rey Galateo y el rey Summun.
Ambos avanzaron en silencio entre las columnas ornamentadas que sostenían la enorme estructura del recinto.
El tiempo había convertido aquella relación en algo más profundo que una simple coincidencia política.
Los unía la historia.
Los unía la confianza.
Y los unía un legado que ya formaba parte del Nuevo Orden.
Aunque jamás fuera mencionado de manera oficial, ambos sabían que el reino de Rávena existía gracias a una decisión compartida.
Summun había cedido parte de sus territorios continentales.
Galateo había visto cumplido el anhelo que durante años acompañó a la corona de Gadir: establecer una presencia permanente en el continente.
Hoy aquel territorio era gobernado por la reina Catabella, hija del rey de las Catacumbas, unida en matrimonio al príncipe Feristeo, heredero de la estirpe marítima de Gadir.
La antigua alianza entre ambos reinos ya no existía.
El Estatuto Fundacional del Priorato prohibía cualquier pacto que alterara el equilibrio entre sus miembros.
Sin embargo, algunas lealtades trascendían los acuerdos escritos.
Feristeo ingresó poco después y se unió a la conversación.
Las palabras eran pocas.
No hacían falta más.
Todos comprendían la importancia de la jornada que estaban por afrontar.
El sonido firme de múltiples pasos interrumpió el diálogo.
El clero acababa de llegar.
Encabezados por el Clérigo Mayor, los representantes de la orden avanzaron por el salón con solemnidad.
Las conversaciones cesaron.
Los asistentes ocuparon sus lugares.
El momento había llegado.
Poco después ingresaron Hazar e Ícaro.
Cuando todos estuvieron presentes, el Vocero del Priorato se dirigió al centro del recinto.
El silencio fue absoluto.
—A los aquí presentes los invito a asumir la responsabilidad y el compromiso de defender la doctrina por encima de cualquier interés particular.
Sus palabras resonaron bajo la bóveda dorada.
—Se reanuda la sesión extraordinaria del Priorato.
Con una leve inclinación de cabeza cedió la palabra al Clérigo Mayor.
El anciano avanzó algunos pasos.
Sus ojos recorrieron lentamente el salón antes de comenzar.
—Es un honor participar de un acontecimiento que marcará un hito en la historia de nuestro mundo.
Su voz sonaba pausada pero firme.
—La orden del clero ha reflexionado extensamente sobre la cuestión que hoy nos convoca.
Hizo una breve pausa.
—Los hombres cambian.
Los reinos cambian.
Pero la ambición permanece.
Nadie se movió.
—Por esa razón las instituciones deben ser más fuertes que las voluntades individuales.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—El riesgo de la tiranía siempre estará presente mientras la ambición encuentre lugar en el corazón de los hombres.
El Clérigo Mayor apoyó ambas manos sobre su bastón ceremonial.
—Nuestro deber no consiste en juzgar el pasado.
Nuestro deber consiste en proteger el futuro.
Dirigió la mirada hacia los miembros del Priorato.
—Por ello recomendamos prudencia.
Recomendamos observación.
Recomendamos supervisión.
Que toda resolución adoptada por esta asamblea sea fruto de la conciencia y no del impulso.
Finalizada su exposición, regresó a su lugar.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan elocuente como el propio discurso.
La responsabilidad recaía nuevamente sobre el Priorato.
Hazar avanzó al centro del salón.
—Hemos escuchado la voz del clero.
Ahora corresponde a esta asamblea actuar conforme a la responsabilidad que le fue conferida.
Uno a uno los representantes de los reinos fundadores expresaron su conformidad con las recomendaciones recibidas.
Tras una breve deliberación, quedaron establecidos los requisitos que debería cumplir el reino de Palazor para acceder al reconocimiento pleno dentro del Nuevo Orden.
Entre ellos:
La limitación temporal de su capacidad militar.
La supervisión periódica de su administración.
La comparecencia obligatoria ante el Priorato cuando así fuera requerido.
La adhesión irrestricta al Estatuto Fundacional.
Y la colaboración activa con las políticas destinadas a preservar el equilibrio entre los reinos.
Cuando las condiciones quedaron registradas, Hazar tomó nuevamente la palabra.
—Procederemos a la votación.
Los presentes asintieron.
—Aquellos que estén de acuerdo en reconocer a Lyrak como Regente de Palazor y concederle representación provisional dentro del Priorato hasta la próxima asamblea, sírvanse manifestarlo.
Las manos comenzaron a levantarse.
Galateo.
Ícaro.
Feristeo.
Summun.
El resultado quedó definido.
Solo una abstención rompió la unanimidad absoluta.
Hazar observó a los presentes.
Luego anunció:
—Por decisión de esta asamblea, el Priorato reconoce a Lyrak como Regente de Palazor y le concede representación provisional dentro de este organismo.
Las palabras quedaron registradas para la historia.
—El reconocimiento definitivo quedará sujeto al cumplimiento de las condiciones establecidas y a la evaluación que se realizará en la próxima sesión ordinaria del Priorato.
Nadie objetó la resolución.
El veredicto había sido pronunciado.
Por primera vez desde su fundación, el Priorato ejercía plenamente la autoridad que le había sido confiada.
No para imponer.
No para conquistar.
Sino para preservar el equilibrio.
Antes de cerrar la sesión, Hazar volvió a dirigirse a los presentes.
—Resta definir la sede de la próxima asamblea.
Galateo se puso de pie.
—El reino de Gadir pone a disposición del Priorato sus puertos, embarcaciones y recursos para albergar la próxima reunión.
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Editado: 20.06.2026