Capítulo 12
Si hubo alguien que resultó particularmente afectado por las largas sesiones del Priorato y el peso de las responsabilidades institucionales, ese fue Ícaro.
Apenas concluyó la asamblea abandonó el Salón Dorado y se dirigió directamente hacia la Plaza de Armas.
Allí lo esperaba Draco.
El enorme dragón descansaba sobre el suelo cálido del desierto con la misma paciencia de quien conoce perfectamente a su compañero.
Cuando sus miradas se encontraron, ninguna palabra fue necesaria.
Ambos entendieron.
De un salto, Ícaro montó sobre el lomo de su hermano de sangre.
Draco desplegó las alas.
Un instante después abandonaban el suelo.
La brusca aceleración arrancó una sonrisa al joven rey.
El viento golpeó su rostro.
La altura borró por un momento el peso de las coronas, las decisiones y los compromisos.
Solo existían ellos dos.
Draco ascendió hasta perderse entre las nubes.
Luego descendió en picada.
Giró sobre sí mismo.
Voló tan cerca de las dunas que parecía rozarlas.
Ícaro reía.
Como hacía tiempo no lo hacía.
—¡Más rápido! —gritó.
El dragón respondió con otra maniobra imposible.
La adrenalina recorría cada rincón de su cuerpo.
Era exactamente lo que necesitaba.
Durante varios minutos recorrieron los cielos del desierto.
Y cuando alcanzaron el punto culminante de aquel vuelo, Draco abrió las fauces y lanzó una inmensa columna de fuego que iluminó el horizonte.
La llamarada parecía contener toda la energía acumulada durante la jornada.
Ícaro observó fascinado cómo las llamas se perdían en la distancia.
—Es momento de volver, amigo.
Draco respondió con un suave rugido.
Poco después ambos descendían en los jardines reales de Shangricol.
Ícaro bajó del lomo del dragón sintiéndose renovado.
Como si el vuelo hubiera despejado algo más que su mente.
Mientras caminaba entre senderos bordeados por flores exóticas y pequeños canales de agua que atravesaban el jardín, una voz suave pronunció su nombre.
—¿Su majestad?
Ícaro continuó caminando unos pasos más.
La voz insistió.
—¿Su majestad Ícaro?
Esta vez se detuvo.
Giró lentamente.
Attina sonreía a pocos metros de distancia.
—Un gusto volver a verla, princesa.
—Lo mismo digo.
Durante un instante ninguno supo qué agregar.
Finalmente fue ella quien rompió el silencio.
—¿Hacia dónde se dirigía?
Ícaro observó los jardines.
—Buscaba conectar con este lugar. Dejar atrás lo protocolar y sentirme parte de la naturaleza por un momento.
Attina asintió.
—Entonces elegimos el mismo destino.
La respuesta tomó por sorpresa al joven rey.
—¿Le molestaría que lo acompañe?
—Sería un honor.
La princesa señaló un sendero.
—¿Conoce el laberinto de los ligustros?
—No.
Solo he recorrido el paseo de los rosales.
—Entonces venga conmigo.
Ambos comenzaron a caminar.
A medida que avanzaban, los senderos se estrechaban.
Altos muros vegetales se elevaban a ambos lados ocultando el exterior.
Pronto estuvieron completamente rodeados por el laberinto.
Algunos caminos terminaban abruptamente.
Otros parecían conducir a ninguna parte.
Sin embargo Attina avanzaba con absoluta tranquilidad.
Ícaro, en cambio, comenzaba a perder toda referencia.
—Estoy convencido de que ya pasamos por aquí.
La princesa soltó una pequeña risa.
—Es posible.
—¿Y cómo encontramos la salida?
—Caminando.
—Eso no parece una explicación muy útil.
—Es la única que existe.
Continuaron avanzando.
Ícaro observó los innumerables senderos que se abrían ante ellos.
—Debe existir algún secreto.
—No.
Solo hay que recorrerlo y transitarlo.
La respuesta parecía sencilla.
Demasiado sencilla.
Después de varios minutos de marcha, Ícaro volvió a detenerse.
—Attina.
—¿Sí?
—Creo que estamos perdidos.
La joven lo observó divertida.
—No lo estamos.
—¿Está segura?
—Completamente.
—¿Y cómo lo sabe?
La princesa sonrió.
—Porque estamos más cerca de la salida de lo que imagina.
Continuaron caminando.
Y, tal como ella había dicho, tras doblar en uno de los últimos senderos apareció la salida.
La luz del atardecer bañó nuevamente el camino.
Ícaro soltó un suspiro de alivio.
—Por un momento pensé que pasaríamos aquí toda la noche.
Attina lo observó en silencio.
Luego respondió con una serenidad que lo desarmó por completo.
—De algo estoy segura.
—¿De qué?
—De que eso no habría ocurrido.
La forma en que lo dijo hizo que Ícaro sintiera un calor inesperado recorrer su rostro.
Afortunadamente el atardecer se encargó de ocultarlo.
Attina sonrió para sí misma.
—Debemos regresar.
Mi padre comenzará a preocuparse.
—Tiene razón.
Emprendieron el regreso caminando uno junto al otro.
Ninguno parecía tener demasiada prisa.
Cuando finalmente ingresaron al castillo encontraron a Hazar esperándolos.
El rey del desierto observó la escena.
Primero a su hija.
Luego a Ícaro.
Y finalmente a ambos juntos.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
No dijo una sola palabra.
No hacía falta.
Aquella expresión era suficiente para revelar que la imagen le resultaba agradable.
Tal vez más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y mientras avanzaban hacia el interior del palacio, ninguno de los tres imaginaba que aquel paseo por el laberinto había sido apenas el comienzo de un camino mucho más difícil de recorrer.
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Editado: 20.06.2026