Omnia "El Nuevo Orden"

XX. Los Rumores

Capitulo 20

El orden estaba establecido y la calma reinaba en un casi perfecto equilibrio. Sin embargo, sutiles rumores de que algo extraño acontecía en el reino de Rávena comenzaron a recorrer los confines del continente; incluso se especulaba con que esos dichos ya habían cruzado el estrecho de Waluff, llegando hasta los oídos del lejano reino de Gadir.

Al enterarse de estas habladurías, la preocupación invadió al rey Summum, padre del joven monarca, quien de inmediato envió un mensaje urgente para averiguar qué estaba sucediendo realmente y confirmar si los rumores eran solo eso, o si escondían una amenaza latente. Los mismos murmullos ya se habían instalado con fuerza en la ciudadela de Rávena, transformándose en el tema de conversación principal entre sus habitantes.

Mientras tanto, ajenos a la agitación del pueblo, los jóvenes soberanos daban un tranquilo paseo por los jardines reales de Rávena. Su caminata fue interrumpida por el consejero real, quien se dirigió a ellos a paso apresurado.

—Su Majestad —anunció el consejero inclinándose—, ha llegado un mensaje de vuestro padre, el rey Summum. Manifiesta una profunda preocupación por los rumores que se han esparcido.

Feristeo, manteniendo la templanza, respondió con firmeza:

—Ordene al Gran Maestre que envíe una respuesta de inmediato. Descarte cualquier tipo de preocupación y desacredite esos dichos; no son más que habladurías sin ningún fundamento.

Tras la interrupción del consejero, la pareja real continuó con su caminata. Se detuvieron finalmente al borde del lago y se sentaron sobre el césped, disfrutando de la calidez del sol de la primavera. Catabella se recostó suavemente sobre Feristeo y, mirándolo fijamente a los ojos, le confesó el secreto que guardaba:

—El galeno real lo ha confirmado… Vamos a ser padres. Un príncipe está en camino.

Al escuchar aquellas palabras, el impacto de la alegría hizo que Feristeo se pusiera de pie de un salto. Tomó a Catabella de las manos para invitarla a incorporarse y la abrazó con el alma, dejando fluir toda la inmensa felicidad que lo embargaba ante la noticia.

—Esto merece una gran celebración —exclamó Feristeo, entusiasmado.

Catabella, con una sonrisa serena, lo frenó dulcemente:

—Aún hay que esperar. Sería apresurado realizar un anuncio público en este momento.

—Es verdad —asintió él, recobrando el centro—. Me dejé llevar por la emoción y lo feliz que me hace saber esto.

—Yo también estoy feliz —respondió ella, abrazándolo—, y profundamente agradecida por todo lo que la vida nos ha dado.

Pasaron los meses en un pacífico resguardo hasta que, finalmente, llegó el momento adecuado para hacer el gran anuncio en una solemne ceremonia, en la cual participaron tanto los nobles como los ciudadanos del reino.

Mientras la dicha se celebraba en Rávena, en el otro extremo del continente —en el Reino del Fuego, para ser más precisos— el panorama era muy distinto. El rey Ícaro ultimaba los preparativos para un viaje inminente hacia el reino de Shangricol. Sin ningún tipo de protocolo ni comitiva oficial de por medio, su firme intención era adentrarse en el reino del desierto para encontrarse, cara a cara, con la princesa Attina.




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