Capítulo 21
Al llegar a la imponente plaza de arma del reino de Shangricol, Ícaro descendió de su montura con movimientos firmes. Se volvió hacia su fiel compañero y, acariciando el pelaje de la bestia, le habló en un susurro:
—Sé paciente, Drako, y espérame aquí.
Recibido con los honores correspondientes por el Gran Maestre de Shangricol, el rey del Fuego fue conducido de inmediato hacia el gran salón del palacio. Allí lo aguardaban el rey Hazard y su hija, la hermosa princesa Attina.
—Bienvenido a mi reino, Ícaro —lo saludó el rey Hazard con una sonrisa genuina y voz profunda.
—Bienvenido, Su Majestad, a nuestro hogar —añadió Attina, dedicándole una mirada cargada de sutil expectativa.
Ícaro inclinó la cabeza con respeto y respondió:
—Es un verdadero placer estar aquí junto a ustedes, especialmente en circunstancias tan diferentes.
—Es cierto —asintió Hazard—. Las circunstancias actuales son muy distintas a las que estábamos acostumbrados en el pasado. Por eso mismo, hoy es un día para celebrar.
Ícaro sabía bien a qué se refería el maduro monarca. Hasta entonces, cada vez que el Rey del Fuego había pisado las áridas tierras de Shangricol, lo había hecho respondiendo a misiones diplomáticas, viajes de logística o para brindar apoyo en asuntos del continente. Sin embargo, la relación entre ambos monarcas siempre se había caracterizado por una profunda cordialidad y un espíritu servicial. Hazard no veía en Ícaro a un rival o a un gobernante lejano; para él, el Rey del Fuego era un joven extraordinariamente valiente, noble y responsable, alguien por quien sentía un afecto casi paternal. Esta era la primera vez que Ícaro cruzaba el desierto despojado de los asuntos de Estado, impulsado únicamente por los latidos de su propio corazón.
—Agradezco enormemente su cordial recepción, Rey Hazard —continuó Ícaro, con una calidez respetuosa—. Si me lo permite, quisiera solicitar una reunión a solas con usted.
—Faltaría más, muchacho —respondió el monarca del desierto, intrigado pero con absoluta confianza—. Primero te sugiero un merecido descanso. Más tarde te espero en mi despacho privado para que conversemos con total tranquilidad.
—Sí, es lo más indicado. Un buen baño y un momento de reposo me vendrán bien luego de tan largo viaje.
Al caer la noche, el calor abrasador del desierto dio paso a una brisa mística. Ícaro, ya recuperado del trayecto, se dirigió al despacho real, donde Hazard lo esperaba con los brazos abiertos y una creciente intriga por conocer el motivo de tanta reserva.
Una vez frente a él, Ícaro no titubeó:
—Su Majestad, con todo respeto, estoy aquí para formalizar una petición de la más alta importancia.
—Por supuesto, Ícaro. Dime, ¿cuál es tu petición? Sabés que contás conmigo.
—Quiero pedirle la mano de la princesa Attina para oficializar el romance que ha nacido entre nosotros.
Hazard abrió los ojos, visiblemente sorprendido por la audacia del joven rey, pero de inmediato el asombro se transformó en una profunda satisfacción. Para un padre que tanto apreciaba las virtudes de Ícaro, no podía haber mejor destino para su hija.
—No me lo esperaba... Pero debo decir que es un verdadero honor y una alegría inmensa que en el futuro seas parte de mi familia. Nuestros reinos siempre han caminado de la mano gracias a la lealtad y el servicio mutuo que nos brindamos. Ahora, la vida nos da la oportunidad de sellar esa unión con lazos de sangre. Por lo tanto, tu petición no solo es aceptada, sino celebrada. Anda, ve en busca de Attina y dale las buenas nuevas.
—Gracias, Hazard. Iré de inmediato al encuentro con ella.
Ícaro caminó a paso firme por los pasillos iluminados por antorchas hasta encontrar a la princesa en la intimidad de los jardines internos. Al verlo llegar a solas y con semblante sereno, Attina lo recibió con el corazón acelerado:
—¿De qué hablaste con mi padre? —preguntó, intentando descifrar la intensidad en los ojos del rey.
—Solamente le hice una petición —respondió él, acortando la distancia entre ambos.
—¿Y se puede saber cuál es esa petición?
—Por supuesto. Le pedí tu mano... y tu padre me la ha concedido con todo su afecto.
La reacción de Attina fue inmediata. Dejando de lado toda la rigidez del protocolo que siempre los había rodeado, acortó el último espacio que los separaba y se refugió en sus brazos. Lo abrazó con el alma y, con un beso profundo y apasionado que encendió la calidez de la noche, sellaron el comienzo oficial de su romance y del poderoso futuro que se avecinaba para los reinos
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Editado: 05.07.2026