Capitulo 22
Bien temprano, cuando el sol aún no se dejaba ver en el horizonte, Ícaro fue al encuentro de su fiel compañero Drako. Tras asegurarse de que estuviera bien, se dirigió hacia los establos reales en busca de dos monturas. El reino de Shangricol se destacaba en todo el continente por la crianza de los equinos más resistentes, veloces y ágiles, animales adaptados a las condiciones más extremas. Allí, el Rey del Fuego solicitó a los palafreneros que le alistasen dos de los mejores caballos.
Mientras supervisaba las cinchas, Attina se hizo presente en el lugar, sorprendida por la actividad matutina.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó la princesa con una sonrisa—. ¿Acaso piensas salir a cabalgar a estas horas?
Ícaro la miró y le respondió con total honestidad:
—Quería conocer los lugares más curiosos, ocultos y atractivos de tu reino. Y quería hacerlo contigo.
—Es una gran idea —coincidió Attina, entusiasmada—. Pero para eso debo alistarme adecuadamente; el desierto es implacable y requiere de una preparación especial antes de ser visitado.
—De acuerdo. Vayamos a hacer los preparativos para la travesía.
Poco después, juntos salieron cabalgando a paso firme, dejando atrás las murallas del palacio. A medida que se internaban en los sitios más recónditos del reino, una presencia majestuosa los acompañaba desde las alturas: Drako, desplegando sus imponentes alas, sobrevolaba el cielo escoltando cada una de sus pisadas. Su silueta recortada contra el firmamento era la viva imagen de la lealtad; el dragón los seguía de cerca, manteniendo al joven rey y a la princesa bajo su atenta custodia y su mirada protectora.
Guiados por esa imponente sombra aérea, llegaron primero a las ruinas de Bruna, un antiquísimo sistema de montañas desgastadas y esculpidas por la erosión del tiempo, que se erguían como gigantes de piedra silenciosos. Tras atravesar el desierto, enfilaron hacia la costa, donde el panorama cambiaba drásticamente: allí, el majestuoso Mar Origo mostraba toda su bravura, golpeando los acantalidos con olas dantescas y salvajes, mientras Drako trazaba círculos concéntricos en el aire, vigilando el horizonte marino.
Ícaro desmontó y comenzó a caminar por la arena húmeda de la playa junto a Attina. El estruendo del mar envolvía el ambiente. Con una chispa de complicidad en la mirada, la princesa rompió el silencio:
—Me sorprende que un rey tan valiente y decidido como tú sea preso de la timidez en este momento.
Ícaro detuvo su caminata, la miró de frente y confesó con el corazón en la mano:
—Es que tú eres la primera mujer a la que me he animado a expresarle esto que siento aquí dentro.
Attina se conmovió ante la genuina vulnerabilidad del guerrero.
—Es un gran halago el que me haces —respondió ella, acortando la distancia—. Y tú eres el primer hombre que ha tenido el valor de pedirle mi mano a mi padre.
Quedaron frente a frente, tomados de las manos y mirándose profundamente a los ojos, suspendidos en un instante eterno, bajo la atenta mirada de Drako que ahora planeaba suavemente sobre ellos. La tensión de los sentidos era absoluta.
—¿Qué esperas para besarme? —le susurró Attina con ternura.
Sin emitir una sola palabra, Ícaro la estrechó contra sí y sus labios se encontraron. En mitad de aquella playa indómita, rodeados por la fuerza del Mar Origo y bajo la custodia del cielo, el amor se consagró entre ellos, comenzando a marcar a fuego su propio destino y el glorioso futuro de sus reinos
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Editado: 05.07.2026