Omnia "El Nuevo Orden"

XXVI. El Nuevo Orden

Capitulo 26

No sé en qué momento ocurrió. Solo recuerdo que caminaba sobre el verde césped de los jardines de Yarlug.

Frente a mí, los recién casados disfrutaban de un tranquilo paseo. Sus pasos eran pausados, serenos, como si el tiempo hubiese decidido detenerse para contemplarlos.

De pronto, la luz del sol fue interrumpida por la imponente presencia de Drako. El gran dragón cruzó el cielo proyectando su sombra sobre los jardines. Su destreza, su elegancia y la libertad con la que dominaba los cielos seguían siendo tan imponentes como la primera vez que lo vi.

Continué caminando hasta el borde del valle, desde donde podía contemplarse la ciudadela que, siglos atrás, había comenzado a escribir la historia de Yarlug.

Cerré los ojos por un instante.

Cuando volví a abrirlos, el calor abrasador y el paisaje desolado me hicieron comprender que me encontraba en Shangricol.

En ese mismo momento, una tropa de soldados partía al galope hacia un destino desconocido. La fuerza de sus caballos levantó una inmensa polvareda que terminó envolviéndolo todo.

La arena golpeó mi rostro y nubló mi visión.

Volví a cerrar los ojos.

Cuando la oscuridad comenzó a disiparse, me encontré rodeado por un frondoso bosque. Frente a mí se alzaban las enormes formaciones rocosas que custodiaban la entrada al Reino de Tiemkush y sus antiguas catacumbas.

La penumbra me envolvió lentamente.

La oscuridad comenzó a transformarse en una espesa bruma que, poco a poco, fue disipándose hasta revelar el castillo de Palasor.

Aquel lugar que alguna vez había sido símbolo de la tiranía ahora se erguía con la dignidad de un reino decidido a construir un futuro diferente bajo el liderazgo de Lyrak.

La bruma se convirtió en lluvia.

La lluvia dio paso a un intenso diluvio.

Y detrás de aquella cortina de agua apareció el estrecho de Waluff.

Al otro lado se extendía la isla de Gadir.

En su puerto permanecían amarradas sus naves, orgullosas testigos del prestigio, la historia y el poder marítimo que aquel reino había construido a lo largo de los siglos.

Entonces abrí los ojos una vez más.

Ya no había desierto.

Ni lluvia.

Ni bruma.

Ni dragones sobrevolando los cielos.

Solo permanecía una certeza.

Cada paso, cada batalla, cada pérdida y cada decisión habían conducido hasta ese instante.

Omnia ya no era una promesa.

Ya no era un sueño.

Era un mundo que había aprendido a vivir en equilibrio.

El Nuevo Orden no comenzaba.

El Nuevo Orden ya existía.

Omnia fue un mundo imaginado.

La imaginación le dio vida.

La escritura le dio forma.

Y el tiempo le dio existencia.

Omnia es la realidad que se deja ver y develar

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