Al principio no hubo silencio, sino el pulso inquebrantable de la Savia; un latido primigenio que ordenó la arcilla, el agua, la roca y el fuego para dar forma a los contornos sagrados de Omnia. En la aurora de los tiempos, el continente no fue concebido como un territorio unísono y armónico, sino como un vasto tablero fracturado donde cada región encarnó una porción visceral del alma del mundo. Durante eras inconmensurables, los reinos crecieron aislados en sus propias leyes y mitologías, ignorantes de que la tierra que pisaban compartía raíces comunes y un destino inevitablemente entrelazado.
Los mares reclamaron su ambición en las rompientes de Gadir, donde los hombres aprendieron que el horizonte no era el fin del mundo, sino la puerta de entrada a lo desconocido. Pero el mar fue solo el primer aviso. Más allá de las olas, la tierra firme ocultaba secretos que desafiaban la arrogancia humana. En las profundidades de la selva espesa, la piedra del subsuelo exigió silencio y respeto en las catacumbas de Tiemkush, demostrando que bajo la superficie latía una civilización dispuesta a comerciar con la oscuridad a cambio de su soberanía.
Más al norte, donde la bruma ahoga la luz y el fango sepulta la esperanza, los pantanos de Palasor tejieron una red de corrupción mística. Allí, los reyes no solo gobernaron sobre la carne, sino que bajaron la mirada hacia el abismo de Abadón, descubriendo que el poder absoluto siempre exige el tributo más cruel y desgarrador. Y mientras la sangre de los príncipes pagaba el precio de la soberbia en el sur, el centro del continente rugía con la fuerza primigenia del fuego. En Yarlug, las cumbres de Yarloris y el volcán Origo Ignis enseñaron que la supervivencia dependía de un frágil equilibrio entre la corona humana y la magnificencia indomable de los dragones, una simbiosis forjada en la misma fragua de la creación.
Finalmente, hacia el este, la aridez del desierto y la sal en Shangricol cincelaron almas de hierro bajo un sol implacable, obligando a los reyes a buscar más allá de sus dunas para hallar el acero que mantendría a salvo sus fronteras.
Esta es la crónica de un mundo fragmentado que dejó de ignorarse a sí mismo. Es el relato de los hilos invisibles que ataron la espuma del mar a la negrura del abismo, el calor de las fraguas al frío de las catacumbas, y la ley del desierto al vuelo eterno de las bestias aladas. Bienvenidos a Omnia, donde ningún reino camina solo hacia la eternidad y donde cada paso deja una huella imborrable en el gran libro del continente.
Editado: 04.09.2026