Capítulo 1
Mientras el reino de Yarlug consolidaba su paz bajo la atenta mirada de los dragones, en la vasta y agreste región oriental del continente la realidad latía con otra urgencia. El reino de Shangricol, gobernado con mano de hierro por el rey Shakard, dominaba un territorio de dunas, sal y leyes inflexibles, pero arrastraba una debilidad invisible: la absoluta incapacidad de forjar sus propias armas. Impulsados por esa carencia, los ojos del desierto comenzaron a volverse hacia el oeste, hacia las imponentes cadenas montañosas de la frontera, iniciando una expedición secreta que terminaría por descubrir los valles de fuego y encender el camino hacia una histórica alianza entre ambas coronas.
En la vasta y agreste región oriental del continente se alza el reino de Shangricol, también conocido como el reino del desierto, cuyos dominios se extienden flanqueados por el mar Origo Norte y el mar Origo Sur, mientras que una imponente cadena montañosa marca su frontera natural al oeste…
Un vasto territorio virgen se extendía sobre la tierra, aguardando el hito fundacional que daría origen a un dominio eterno. Así nació Yarlug, el reino de la brasa y la piedra, establecido en la región centro-norte del continente y limitado al norte por la inmensidad gélida del mar Origo Acue, cuyas aguas profundas rugen contra los acantilados basálticos.
Alzándose como la columna vertebral de este imperio se encuentran las Montañas Yarloris, un macizo de picos eternamente nevados y gargantas oscuras donde el viento aúlla con fuerza ancestral. En el corazón de esta cordillera ruge el volcán Origo Ignis, que corona el paisaje con un cráter que deja como símbolo el poder que ya se en su vientre.
A los pies de esta geografía imponente se extiende el Valle Ehonis, un vasto territorio fértil donde el verde intenso de los prados choca contra el bosque denso de coníferas oscuras. En este contraste de laderas arboladas y tierras labrantías habita la comunidad: artesanos, agricultores y criadores de ganado. Es una colonia de ideología pacifista y de una lealtad inquebrantable hacia su corona, hombres y mujeres que trabajan la tierra sabiendo que viven a la sombra de un poder titánico.
Gobernando estos dominios se encuentra el Rey Loverius, conocido también como el Hijo del Fuego, cuya voluntad mantiene unidas la ley de los hombres y la furia de los elementos.
Pero más arriba de los asentamientos, ascendiendo hacia las cumbres donde la roca se vuelve inaccesible para el paso humano, el paisaje cambia de forma radical. Allí, entre abismos de piedra negra y picos truncos, se alza el dominio absoluto de los dragones. Estas bestias titánicas, dueñas indiscutibles de los cielos y guardianes seculares del fuego sagrado, anidan en las oquedades que descienden desde la base misma del volcán Origo Ignis. No son meras criaturas salvajes; su presencia es una fuerza de la naturaleza. Sus siluetas colosales dominan las corrientes térmicas que suben desde el cráter.
Fuente suprema de poder y prestigio, el fuego sagrado es custodiado celosamente en una simbiosis que se remonta a la mismísima génesis del mundo. Desde el principio de los tiempos, los dragones y los ciudadanos han convivido bajo un frágil equilibrio natural. A la cabeza de esta estirpe alada se encuentra Valakog, el líder de los dragones, una mole de fuerza implacable asignada al servicio del Rey Loverius según dictan los anales más antiguos de la existencia.
Un rey, un dragón, un volcán y una comunidad. Cada uno de ellos, desde su rol asignado por la Naturaleza desempeñan sus tarea con la firme premisa de sostener los cimientos de un futuro prometedor.
Editado: 04.09.2026