Omnia I "Fundacional"

Capitulo 3

PERIODO DOGMÁTICO

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En la existencia habitan la luz y la sombra. El día revela. La noche guarda. Desde el inicio, ambos fueron aceptados como partes del orden, y bajo el amparo del Acta Fundacional, los reinos eligieron su rumbo con libre albedrío, creyéndose fieles al equilibrio… sin advertir que toda elección inclina la balanza. El continente, por designio de su forma y sus fuerzas, se dividía en tres dominios naturales. Uno de ellos fue la selva: vasta, cerrada, impenetrable, donde la vida crecía sin permiso y la luz debía abrirse paso como intrusa. En lo más profundo de esa espesura, lo que alguna vez fueron cinco cuevas abiertas en una cadena montañosa antigua quedaron sepultadas por la paciencia de la naturaleza. La roca fue vencida por la raíz. La cumbre fue borrada por la savia. Y aquello que nació como accidente geográfico se transformó en secreto. Así terminó una era. La Savia —lenta, persistente, invencible— dictó un réquiem silencioso para el mundo antiguo y, sin proclamas, dio inicio a un nuevo periodo: el Periodo Dogmático. No surgió por conquista. Surgió por ocultamiento. Donde antes hubo montaña, quedaron ruinas erosionadas. Donde hubo ruinas, creció selva. Donde la selva cubrió la piedra, nació refugio. En esas profundidades invisibles a la luz, una civilización echó raíces. No bajo el cielo, sino bajo la tierra. No en torres, sino en cavidades. Las antiguas cuevas se convirtieron en pasajes, los pasajes en moradas, y las moradas en dominio. Así emergió, sin emerger jamás, el Reino de Tiemkush. Un reino que pocas veces conoció el sol, Pero entendió la oscuridad no como ausencia,

Sino como resguardo. Hijos de la selva madre, aprendieron a conservar, a esperar, a observar sin ser vistos. Su fuerza no fue estruendo, sino permanencia. No fue expansión, sino infiltración paciente en los pliegues del mundo. Mientras los reinos de la superficie creían gobernar la historia, Tiemkush aprendía a habitar lo que la historia olvida. Porque donde la luz impone forma, La sombra preserva lo que puede sobrevivir al paso de las eras. Al norte de Tiemkush, la tierra se vuelve inestable y las aguas comienzan a dominar el paisaje. Lo que inicia como una extensa ciénaga crece hasta transformarse en una vasta región pantanosa, poblada por manglares y raíces emergentes que se elevan sobre el fango. Por encima de ellos, árboles centenarios entrelazan sus copas formando una cúpula natural que protege el ecosistema oculto bajo su sombra. La luz del sol apenas atraviesa ese techo viviente, preservando un ambiente húmedo, oscuro y persistente, donde conviven innumerables criaturas adaptadas a la penumbra. Este territorio es conocido como el Reino de Palazor, el Reino del Pantano. En sus profundidades gobierna el rey Palus, llamado el Buscapiel, una presencia tan antigua que la memoria no alcanza a recordar el momento en que asumió su dominio. Se dice que Palus no está destinado a morir. Sin embargo, su eternidad tiene una amenaza: el Fuego Sagrado, fuerza opuesta a su naturaleza, cuyo poder anhela poseer para asegurar la continuidad de su linaje y otorgar a su reino un heredero legítimo. El longevo rey Cisero, consciente del paso de las eras, ha preparado a su sucesor. El joven Ícaro es instruido en el arte del vuelo junto al dragón Draco, y en la sabiduría necesaria para gobernar y resolver los conflictos que surgen entre los hombres. Llegado el tiempo, Cisero abandonará el trono y asumirá el rol de consejero, entregando el poder a Ícaro. Joven y dragón están unidos por un vínculo profundo, dos voluntades destinadas a proteger el equilibrio del reino. En los valles de Yarlug habita su mayor riqueza: una civilización de artesanos, sabios y herreros, forjadores de las más finas obras y de las armas más poderosas.

Sin embargo, desde sus albores, Yarlug ha sido un reino de paz, donde la fuerza se crea no para conquistar, sino para preservar. En Yarlug, el fuego no existe para destruir, sino para dar forma a aquello que merece perdurar. En el extremo opuesto del continente, la tierra se agota y se vuelve estéril. Allí comienza Shangricol, el Reino del Desierto. Un vasto territorio de arena y roca, donde el sol domina sin tregua y las temperaturas extremas vuelven incierta la existencia. En estas tierras nada crece con facilidad y todo lo que vive debe aprender a resistir. Frente a la adversidad constante, sus habitantes desarrollaron disciplina, fortaleza y dominio del entorno. La experiencia y la supervivencia los transformaron en guerreros capaces de soportar lo que otros reinos no podrían. En Shangricol, la vida no prospera por abundancia, sino por resistencia. El Reino de Gadis no pertenece a los dominios continentales. Su doctrina no nace de la tierra, sino del mar y de la inmensidad del océano que lo rodea. Su pueblo no se rige por las leyes de los reinos de Omnia, sino por los ciclos del viento, las corrientes y las tormentas. Por su posición y su naturaleza, Gadis no toma partido ni busca dominio. Su destino es el equilibrio. Allí donde las tierras separan, el mar une; y en ese vínculo, Gadis cumple su verdadero rol: ser el mediador entre los mundos. Así, los dominios de Omnia tomaron su forma y su propósito. Cada reino habitó su naturaleza, y en esa diversidad se sostuvo el equilibrio del mundo. La sombra preservó, el fuego dio forma, la adversidad fortaleció, el mar conectó y la vida encontró su lugar bajo leyes que ningún hombre había escrito. Durante eras incontables, el orden permaneció intacto. Pero en el corazón de Omnia, donde el Fuego Sagrado ardía en silencio, el equilibrio no estaba destinado a ser eterno.




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