Capitulo 1.2
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REINO DE YARLUG
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Hay momentos en que las historias no nacen de la voluntad, sino de la necesidad. Algo busca forma porque su sentido ya existe. Así comenzó el tiempo del nuevo fuego. La Citta, apareció primero como presencia. No era una ciudad. No era un territorio. Era identidad. Allí habitaban los citadinos, hombres y mujeres que daban vida al lugar y no al revés. No se definían por fronteras, sino por sus actos, por su memoria compartida y por una relación milenaria con el fuego. Entre ellos y el Rey Cisero Conforman el Reino de Yarlug una alianza antigua. No de dominio. De comprensión. En lo más profundo del volcán silencioso, el fuego reposaba sin furia. El poder no se exhibía. Se contenía. Durante eras, el equilibrio se sostuvo así. Hasta que el viejo dragón, herido tras la última batalla, remontó vuelo hacia el horizonte y desapareció en el fuego del ocaso. No huyó. Cerró su ciclo. Con él partieron su fuerza, su historia y la conciencia que mantenía el orden de la llama. El mundo sintió su ausencia. Los citadinos comprendieron el peligro. Sin dragón, el fuego podía volverse errante. Sin conciencia, el poder se convertiría en destrucción.
Guiados por su líder explorador, descendieron a la Montaña del Fuego. Allí los encontraron. Tres huevos. No los tomaron. No los reclamaron. Los contemplaron. Y en ese silencio nació la certeza. Uno de ellos sería el sucesor. El volcán no necesitaba calor. Siempre lo había tenido. Lo que faltaba no era fuego. Era el momento. Prepararon el lugar. Esperaron. Entonces la montaña respondió. Un temblor. Luego otro. Y un tercero. El huevo comenzó a resquebrajarse. Y así nació Drako. El nuevo Custodio del Fuego. El protector del Valle. La conciencia de la llama. Pero el fuego no elige solo a su guardián. También elige a quien debe caminar a su lado. Entre los citadinos había un joven exploradir.
Su nombre era Ícaro. Desde el instante en que sus miradas se encontraron, el vínculo fue reconocido. No fue elección. No fue entrenamiento. Fue destino. Dragón y su Sapiente. Fuego y voluntad. Fuerza y conciencia humana. Dos vidas unidas por un mismo propósito. Porque el fuego necesita poder. Pero también necesita dirección. Desde ese día, Drako no fue solo el guardián del Fuego. Y Ícaro no fue solo un hombre. Fueron uno para el otro. Dos almas. Un mismo destino. Y así, el equilibrio volvió a Omnia. No por azar. No por imposición. Porque el mundo lo necesitaba. Porque el fuego lo reclamó. Y porque hubo quienes supieron escuchar el momento.