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EL SAPIENTE
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El valle empezaba a soñar y tenía con que la dupla prometía y sin darle tiempo al tiempo comenzaron a entrenar. En el playón interno del volcán, improvisaron una arena, lugar de entrenamiento y batallas de habilidades, que prometían y qué demostraba acción, más interacción, que los movimientos se hagan previsibles, el movimiento inicial de Drako tenía como respuesta una continuidad, bien leída por ícaro y viceversa. Esto lo obligó al gran maestro a tomar una decisión, vendar los ojos de Drako y de ícaro de esta manera su teoría se reafirma. El gran maestro sacó la conclusión de que la intuición del sapiente y el dragón se conectaban de manera indivisible a los ojos del hombre, pero efectiva y oportuna en el momento de la contienda. Al vendar los ojos, reafirmó su teoría de que ambos no libraban la disputa con la mirada, ambos dejaban en manos de la intuición el desarrollo y el desenlace de cada movimiento, el instinto prevaleció y con él quedó demostrado eran tal para cual el alfa y el beta. Al terminar el entrenamiento, ambos se miraron sonrieron y se perdieron en un vuelo, su primer vuelo, cargado de vértigo y de adrenalina. Drako no ascendió. Se lanzó. Sin aviso, sin cálculo aparente, Drako desplegó sus alas y se dejó caer en una caída libre brutal. El aire rugió a su alrededor y el valle se volvió un torbellino de roca, vacío y velocidad. Ícaro gritó. No por miedo. Por vértigo. El viento le arrancó el aliento del pecho, le hizo arder los ojos, le tensó cada músculo hasta el límite. El mundo se precipitaba hacia ellos como una embestida imposible de frenar. El suelo subía. El vacío se cerraba. El grito de Ícaro se mezcló con el bramido del aire y con el latido desbocado de su propio corazón. Un segundo.
Otro más. Y entonces, cuando la caída parecía definitiva, cuando el cuerpo ya aceptaba el impacto, Drako abrió las alas con una precisión salvaje. El aire estalló bajo ellas. El golpe de viento los sacudió con violencia, arrancándolos del abismo en un tirón seco, brutal, exacto. Ícaro rió. Rió sin poder contenerse. La adrenalina le quemaba la sangre. El miedo se había transformado en fuego puro, en una descarga que lo atravesaba de punta a punta. Entendió, sin palabras, que Drako sabía exactamente cuándo hacerlo. No antes. No después. En ese instante, Ícaro dejó de pensar. Dejó de anticipar. Dejó de dudar. Se entregó. Y Drako lo sintió. El vuelo continuó, más bajo, más rápido, rozando corrientes impredecibles, jugando con el límite. Gritos, risas, respiraciones entrecortadas. El cielo ya no era un espacio: era un desafío compartido. No era control. No era técnica. Era confianza absoluta. Cuando finalmente se elevaron de nuevo y el valle quedó lejos, Ícaro comprendió algo esencial: no había sobrevivido a la caída. La había atravesado con él. Fue y cuando ícaro lo desafío diciéndole —Tú eres un dragón —Los dragones lanzan fuego —Por qué tú no?
Drako lo miró serio, giró su mirada hacia la profundidad del abismo. El silencio se adueñó del momento. Y fue ahí, que después de respirar hondo, soltó una bocanada de fuego intenso, luminoso de esos que se hacen sentir, hasta estremecer. Asombrado, sin palabras quedó ícaro Drako lo miro y le insinuó. Con su mirada le dijo —quieres fuego? —aquí tienes tu fuego. Ese fue el momento en que el vínculo dejó de ser promesa. Se volvió real. De esta manera nace ícaro y Drako. Los protectores del Reino de Yarlug Custodio del Valle recóndito Protector de la citta.