Omnia I "Fundacional"

PARTE III

Capitulo 1.1

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Reino de Yarlug

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Hace miles de años en este Rincón del mundo, en el Reino de Yarlug, emerge imponiendo presencia en un valle recóndito un volcán disfrazado de picos cumbres bañados en Nieves eternas donde las nubes con el viento giran alrededor de ellos como un mágico carrusel resaltando el blanco resplandeciente que refleja la luz del sol. En su corazón se halla inerte dormido un gigante de fuego un volcán que descansa y que guarda celosamente secretos y mitos que cobran vida Cuando es escuchado salir de la boca de los citaditos habitantes de la cita del viaje del Valle recóndito. Este paisaje fabulesco donde reina la fantasía limita asombrosamente con la realidad confundida en dichos relatos. Los hechos épicos que marcaron cientos de dinastías y junto a caballeros y guerreros, que con las décadas se transformaron en custodios de un celoso y misterioso linaje, que respeta los principios esenciales de la vida cuida del equilibrio de la naturaleza no permite y no da lugar a que el mal se establezca de este lado del universo una dinastía que se consolida con el correr del tiempo. La simbiosis del poder y el respeto mutuo, hacen que este compromiso milenario siga vigente. Los citadinos de este Valle recóndito se destacan por sus artesanías por su conexión con la tierra, Estos son historiadores, sabios En sus registros habitan vivencias anécdotas de todo tipo de las más heroicas a las más simples de cómo conservar una huerta o el cuidado de los animales de granja. Sabios por conocimiento y sabios por vivencias. Entre ellos estar elegido entre ellos hay uno que se destaca en habilidades, y están riguroso el sistema en que revela a este elegido. Que aún ni los sabios lo comprenden. Solo alguien en la historia de esta simbiosis es el conocedor. Cuenta la leyenda que el dragón desciende a un punto medio como si fuese un balcón rodeado de gradas. La ceremonia que designa al Sapiente, se lleva a cabo en ese sitio en las gradas se ubican los candidatos a ocupar ese puesto.

Pero no todos son candidatos en base a una preselección, el sabio citadino que dirige los pequeños humanos tiene el don de dirimir entre los jóvenes los posibles candidatos. Luego de una evaluación minuciosa. Aunque lo más importante de la evaluación es que puedan hallar el alma gemela del dragón. Y buscar algún símbolo o señal que por linage lo ubica como el elegido. Elegido tiene un lazo que lo une directamente con el alma del dragón para ser más concretos elegido tiene en su alma un fragmento del alma del dragón esto logra que los pongan en un mismo sentir. Descubrir poder identificar al elegido y luego presentarlo frente al rey y corroborar o confirmar dicha elección. Esta tradición milenaria levela la convivencia y la estrecha relación que los une en un mismo sentir. La simbiosis y su resultado, dos especies diferentes conectadas en un mismo sentir. La Citta, milenaria como el valle y como las montañas que la rodean, Con el mismo fuego que habita en su interior. Citta es identidad. Es lugar por excelencia. El espacio que alberga a los citadinos, individuos que dan vida al lugar y no al revés. No se definen por fronteras heredadas, Sino por actos, Por memoria compartida, Por una relación milenaria con el fuego. El hombre y El fuego, Son testigos de una simbiosis antigua. Una alianza silenciosa una convivencia que se extiende en el tiempo. No de dominio. De comprensión.

Custodian un secreto guardado en lo más profundo del volcán silencioso, donde el fuego reposa sin intención de manifestar su furia, sin deseo de derramar su sangre dorada y ardiente. El poder, allí, no se exhibe: se contiene. Durante eras, el equilibrio se sostuvo así. Hasta que el viejo dragón, herido tras una batalla que cerró un ciclo, remontó vuelo y se perdió en el ocaso. No huyó. Se encontró con el fuego del ocaso, ese que no quema ni ruge, ese que representa la muerte del viejo fuego. Con él se llevó su alma, su épica, la trayectoria heroica de un guerrero que fue mito y defensor. El fuego del ocaso se escondió. Y el mundo lo sintió. Los citadinos comprendieron de inmediato que no podían permanecer inertes. Sin dragón, el Valle quedaba desprotegido. Sin conciencia, el fuego se volvería errante. Guiados por su líder explorador, emprendieron el viaje hacia la Montaña del Fuego. Descendieron hasta lo más profundo del volcán con una esperanza silenciosa: encontrar una señal de continuidad. Y la encontraron. Decenas de huevos. No los tocaron. Los miraron. Y en ese asombro nació la certeza de un nuevo comienzo. Regresaron a la Citta. El líder visitó al viejo sabio, custodio de una memoria más antigua que los registros. Tras escuchar el relato, el sabio habló con claridad: uno de esos huevos debía ser preparado. De uno nacería el sucesor. No había que incubarlo. Calor había de sobra. El sitio lo preservaba desde siempre. Lo que faltaba no era fuego. Era momento.

Los citadinos regresaron al volcán. Prepararon y acondicionaron el lugar exacto, siguiendo las instrucciones del sabio. No forzaron nada. No invocaron nada. Cumplieron su función: crear las condiciones para que el milagro ocurriera. Entonces la montaña respondió. Dos. Tres cimbronazos. No fueron accidentes. Fueron llamados. El alma no descendió en ese instante: ya estaba allí. Lo que hizo la montaña fue reconocer la necesidad del Reino de Yarlug de tener nuevamente su protector, un sucesor. El huevo se resquebrajó. Grieta tras grieta. Y así emergió.

El pequeño protector del Fuego. El sucesor legítimo. El protector del Valle. El aliado de los citadinos.

Lo llamaron Drako.

No nació solo. Nació acompañado. Desde el primer latido, su historia quedó entrelazada con la de los citadinos. Porque sin ellos no habría dragón. No como rey. No como alma. Así nació Drako. No por azar. No por imposición. Nació porque el mundo lo necesitaba. Porque el fuego lo reclamó.




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