SIMBIOSIS
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Se escuchaba un rugido insistente, como si algo estuviera por suceder. Draco no podía detener su inquietud. Iba y venía por su morada, agitado, indomable. Nadie se animaba a acercarse. El maestre mandó a llamar a Ícaro. Cuando llegó, Draco comenzó a calmarse. Ícaro se aproximó, subió a su lomo… y de pronto, el dragón salió disparado hacia el f irmamento. El vértigo lo envolvió. Draco ascendía y descendía con brusquedad, lanzándose en maniobras violentas y repentinas. Ícaro, desconcertado, se aferró con fuerza a las riendas y gritó al oído:
—¡Draco! ¿Qué sucede?
—¿Por qué este vuelo tan arriesgado?
—¡Detente, tengo miedo! Las palabras surtieron efecto. Draco redujo la velocidad y estabilizó el vuelo. Ícaro respiró hondo.
—Ahora dime… ¿qué pasa? El dragón habló por primera vez.
—Ícaro, debemos prepararnos. El enemigo está al acecho.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo siento. Mi intuición no falla. Algo se mueve en el Reino de las Tinieblas.
—¿Y qué propones?
—Entrenar. Entrenar… y entrenar.
—¿Nada divertido?
—El peligro es real. Necesitamos precisión, velocidad y control.
—¿Entonces esto no era imprudencia?
—No. Son maniobras tácticas. Ícaro ajustó su postura.
—¿Qué debo hacer?
—Por ahora, confía. Aférrate… y aprende. Draco volvió a elevarse.
—Primero, ascenso máximo.
—Luego, caída libre.
—Después, nivelamos y volamos rasante.
—Necesitamos agilidad. Necesitamos instinto.
—Vamos otra vez.
Y así comenzaron. Ícaro disfrutaba cada maniobra como si fuera la última. El miedo se transformó en entusiasmo. Draco, por su parte, sentía algo nuevo: orgullo. El vínculo crecía. La destreza aumentaba.
Y en el cielo del Reino de Yarlug , sin que nadie lo supiera, dos guerreros se estaban preparando para la batalla.