REINO DE GADIR
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Reino de Gadir. El Rey Galateo fue designado por su antecesor. Por su lealtad al monarca y por no tener un sucesor sanguíneo. Aislados en una isla lejana, rodeados únicamente por agua, sus habitantes no recibieron el don de la navegación… Recibieron algo mayor. La Savia les concedió la madera más resistente, el conocimiento para trabajarla y la habilidad de construir naves capaces de desafiar cualquier tempestad. Durante generaciones, ninguna embarcación del reino naufragó. Hasta el día de la tormenta. No fue una tormenta común. Los cronistas la llamaron la Tempestad, porque el viento, las corrientes y el cielo se unieron como si el mar mismo hubiera decidido reclamar lo que era suyo. Una de las naves desapareció. En ella viajaba Fénix, hermano del soberano del Reino de Gadir. No hubo restos. No hubo sobrevivientes. No hubo explicación. El reino lo dio por muerto. Pero la leyenda cuenta otra historia. Se dice que la Savia no lo destruyó. Lo trasladó. Cuando Fénix despertó, se encontraba en una costa desconocida. Había perdido sus recuerdos, salvo tres certezas: Su nombre. Su oficio. Y el conocimiento para construir naves como ninguna otra.
Los habitantes de aquel lugar lo recibieron como huésped. Le ofrecieron alimento, refugio y ayuda. A cambio, Fénix construyó cinco embarcaciones. Y enseñó a los pescadores a dominar el mar. Con el tiempo, aquellos hombres dejaron de pescar. Comenzaron a navegar. Luego a comerciar. Y finalmente, a saquear. Las crónicas del mundo exterior los conocerían. En Omnia, la historia es contada de otra forma. No como un accidente. Sino como la voluntad de la Savia. Porque los mares, en todos los mundos, necesitan naves. Y necesitan hombres lo suficientemente audaces como para no temerles.