Capitulo 2
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Asamblea de las Catacumbas.
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La sala del consejo de Tiemkush estaba excavada en lo profundo de la roca.
Las antorchas clavadas en los muros apenas lograban iluminar el amplio salón circular.
La luz del fuego dibujaba sombras alargadas sobre la mesa de piedra donde se reunían los consejeros del reino.
El rey Summun permanecía de pie. Frente a él, el mapa de Omnia ocupaba el centro de la mesa. Durante un momento nadie habló. Finalmente uno de los consejeros rompió el silencio.
—Estamos en una posición que no me genera tranquilidad.
—El diálogo no nos condujo a ningún entendimiento.
—Por lo tanto debemos proceder con cautela ante la actitud del Rey Palus.
Dijo: el Rey Summun.
El Gran Maestre pregunta:
—Entonces… ¿no hubo acuerdo?
Summun negó lentamente con un movimiento de cabeza. El anciano del consejo levantó la vista.
—Eso no es propio de él. Summun apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No. No lo es.
Otro consejero se inclinó hacia adelante.
—Majestad… todos sabemos quién es Palus. Ningún rey ha gobernado tanto tiempo como él.
—Ni ha conservado tanto poder
Agregó otro.
El General habló con voz grave.
—Su ejército es inmenso.
El anciano añadió:
—Y no es solo su ejército.
El silencio volvió a caer.
Todos sabían a qué se refería.
Uno de los consejeros lo dijo finalmente.
—El Buscapiel.
La palabra quedó suspendida en el aire. El general golpeó suavemente la mesa con el puño.
—Ese hombre puede entrar en la mente de un enemigo y usar su cuerpo como si fuera propio.
—Historias
dijo uno de los jóvenes consejeros.
El anciano negó con la cabeza.
—No son historias.
Se inclinó hacia adelante.
—He visto a un hombre mirar a su propio rey… y hablar con una voz que no era la suya. Nadie respondió. Summun observaba el mapa en silencio.
Finalmente habló.
—Palus siempre ha sido poderoso.
—Y temido
Dijo el General
El rumor crecía, contenido, cuando el Maestre dio un paso al frente.
—Estamos discutiendo como si el tiempo fuera nuestro.
Algunos consejeros levantaron la vista.
—Palus no duda
continuó
—No observa.
—No espera.
El General lo miró con dureza.
—Y por eso mismo no debemos precipitarnos.
El Maestre esbozó una leve mueca.
—¿Precipitarnos?
—repitió—.
—Llevamos toda una asamblea evitando nombrar lo evidente.
Se inclinó sobre la mesa.
—Nos enfrentamos a un poder que crece… y nuestra respuesta es medir palabras.
El anciano intervino:
—Nuestra respuesta es no cometer errores.
El Maestre giró apenas la cabeza.
—No actuar también lo es.
Silencio.
—Hablamos de prudencia.
Continuo.
—Pero lo que veo es otra cosa.
Nadie respondió.
El Maestre recorrió la sala con la mirada.
—Veo temor.
Algunos se tensaron.
El General dio un paso al frente.
—Mida sus palabras.
El Maestre lo sostuvo sin retroceder.
—Las mido. Por eso las digo.
Un consejero joven intervino:
—¿Y qué propone entonces?
El Maestre no dudó.
—Dejar de reaccionar… y empezar a marcar el rumbo.
—¿Con guerra?
Preguntó el anciano.
—Con decisión.
respondió:
—Si eso nos lleva a la guerra… al menos no será en desventaja. El silencio cayó con peso.
—Porque si esperamos a que Palus muestre sus intenciones
Añadió.
—Será porque ya las ha puesto en marcha.
Nadie habló. Pero esta vez, el rumor que siguió no fue de duda. Fue de inquietud.
—Pero algo ha cambiado. Las miradas se levantaron hacia el rey.
—¿A qué se refiere, Majestad?
Preguntó el anciano. Summun tardó unos segundos. Summun sostuvo su mirada. —Sospecho que el rey de los pantanos ya no es el mismo hombre que fue.
Uno de los consejeros murmuró casi sin darse cuenta: —En algunos lugares ya comienzan a llamarlo de otra manera.
El General giró la cabeza.
—¿De qué manera?
El hombre dudó antes de responder.
—El Majara.
La palabra cayó como una piedra en medio de la sala. Summun no reaccionó de inmediato. Miró el mapa de Omnia. Luego habló con calma.
—Cuidado con los nombres que usamos para nuestros enemigos.
El General frunció el ceño.
—¿Por qué, Majestad? Summun levantó lentamente la vista.
—Porque a veces llamamos locura… a cosas que todavía no comprendemos.
El joven consejero frunció el ceño.
—Los reyes siempre han tenido ambición.
—Sí —
Respondió Summun.
—Pero la suya… ya no parece tener límites.
El anciano lo observó con atención.
—¿Qué propuso exactamente?
Summun levantó la vista.
—Habla de conquistas.
El General soltó una breve risa incrédula.
—¿Conquistar qué?
—Todo.
Respondió el rey.
El silencio volvió a caer.
Uno de los consejeros habló en voz baja.
—Eso es imposible.
El anciano suspiró.
—Tal vez lo sea… pero no para un hombre que ha gobernado durante tanto tiempo.
El joven consejero negó con la cabeza.
—O tal vez el tiempo ha terminado por nublar su juicio.
Nadie dijo nada.
El General miró a Summun.
—¿Está diciendo que Palus…?
El rey lo interrumpió.
—No estoy diciendo nada.
Se incorporó lentamente.
—Por ahora.
El anciano lo observó con cautela.
—Pero se sospecha algo.