CAP 5
MAR Y SOMBRA: El Nuevo Orden
La niebla se abría lentamente sobre el acceso al palacio, como si el lugar mismo dudara en aceptar lo que estaba por ocurrir.
Catabella avanzaba sin vacilar.
No era un recorrido ceremonial; era una exposición pública de su posición dentro del nuevo equilibrio de los reinos.
Cada guardia, cada sombra en los corredores, la medía sin disimulo.
El aire frío atravesaba las galerías del palacio de las catacumbas, un edificio antiguo donde el poder nunca había sido decorativo.
Allí, cada piedra recordaba tratados, traiciones y pactos anteriores.
Feristeo aguardaba en la galería principal.
No observaba con curiosidad. Observaba con lectura.
El territorio, la arquitectura, los accesos.
Todo era información antes que belleza.
Su llegada fue anunciada sin solemnidad.
La asistente de la princesa se limitó a indicar su presencia.
—Su majestad, la princesa lo espera en el salón.
—Entendido
—respondió Feristeo.
No había prisa.
En Omnia, la prisa era una forma de debilidad.
Lo condujeron por el pasillo central. El eco de sus pasos marcaba una distancia exacta entre visitante y estructura.
Catabella lo esperaba.
Cuando se encontraron, no hubo inclinación excesiva ni gestos innecesarios.
Solo reconocimiento.
—Princesa Catabella
—dijo Feristeo—.
El acuerdo ha sido cumplido.
—Príncipe Feristeo
—respondió ella—.
Ahora comienza su aplicación.
Un breve silencio se instaló entre ambos. No era incomodidad.
Era medición.
—Este recorrido
—añadió Catabella
—no es ceremonial.
Es territorial.
Feristeo asintió.
—Lo comprendo.
Comenzaron a caminar por el interior del castillo.
El lugar no era un palacio en el sentido clásico.
Era un punto de control antiguo, adaptado ahora al nuevo orden que comenzaba a formarse entre Mar y Sombra.
Cada sala que atravesaban no era decorativa.
Era una declaración de función dentro del sistema. No intercambiaban palabras innecesarias.
Cada frase tenía peso político. Feristeo observaba.
Catabella registraba.
Dos voluntades jóvenes, sí, pero insertadas en una estructura que los excedía por completo.
No eran el centro del cambio.
Eran su ejecución.
Y en el fondo del palacio, donde la piedra se volvía más fría, el nuevo orden comenzaba a tomar forma sin necesidad de anunciarse.