CAP1
FUEGO Y ARENA
Ícaro descendió del lomo de Drako en las arenas ardientes de Shangricol. El viento del desierto silbaba entre las dunas, levantando polvo que se pegaba a la piel y al metal de las lanzas. Los jinetes del reino lo miraban con mezcla de asombro y recelo: no era común ver al sapiente del dragón en tierras tan áridas. Pero Ícaro no venía solo como jinete. Venía como enviado del rey Cisero, anciano soberano de Yarlug, que lo había protegido desde joven y lo instruía en silencio, preparándolo para ser su sucesor. Ícaro cargaba con la confianza de un reino y con la fuerza de una simbiosis única: él y Drako eran almas gemelas, unidos por naturaleza. En el palacio de piedra, Hazard lo recibió rodeado de consejeros y estrategas. El ambiente estaba cargado de tensión, las antorchas chisporroteaban contra los muros ennegrecidos y el aire olía a arena caliente y sudor de caballos. —¿Intentaron el diálogo con el rey de Palasor? —preguntó Hazard, con la voz grave, midiendo el temple del joven. —Lo hicimos, majestad —respondió Ícaro, con firmeza contenida—. Pero su postura es inflexible. No escucha razones, solo exige sumisión. Cisero me envió porque cree que aún hay esperanza en la palabra. Tal vez usted, con su autoridad, pueda evitar el enfrentamiento. Hazard lo observó en silencio, pensativo. —Palus nunca fue hombre de palabras, sino de dominio. Pero mientras exista una palabra por decir, la diré. Si el diálogo fracasa… Shangricol no retrocederá. Ícaro inclinó la cabeza, consciente de que la respuesta era más que un compromiso: era una alianza. —Mi pueblo está dispuesto a defender su tierra —añadió—, pero carece de experiencia en combate. Somos pacíficos, majestad. Necesitamos instrucción, alguien que nos enseñe a resistir. Hazard apoyó las manos sobre la mesa, los nudillos tensos. —Tienes mucho que aprender, Ícaro. Pero también tienes algo que no se enseña: compromiso. Mis mejores jinetes y estrategas entrenarán a tu gente. Si llega la guerra, no estarán solos. La alianza estaba sellada. En un momento de distensión, Ícaro se atrevió a sonreír. —Majestad… ¿le gustaría montar a Drako? —preguntó, casi como un desafío juvenil. Hazard soltó una carcajada que resonó en la sala. —Yo soy jinete de caballos. Prefiero los pies sobre la tierra. —No es difícil —replicó Ícaro con entusiasmo—. Solo se necesita audacia. Hazard lo miró con complicidad. —Entonces quédate tú con tu audacia —dijo sonriendo—. Yo me quedo con mi experiencia. Ícaro emprendió el regreso con Drako. Volvía con algo más valioso que un ejército: una alianza que cambiaría el destino de Omnia.
Editado: 11.04.2026