Con solo tocar la esfera , su cuerpo justo a la rana . Se sacudió con fuerza. Ni siquiera se dió cuenta como en un par de pestañeos, se encontraban en otra parte del bosque más iluminada.
Cayó al suelo sobre sus manos y rodillas
—¡¿Que fue eso!? — exclamó sorprendida. La esfera giró, se sacudió y desapareció —¿¡A donde se fue!?— preguntó.
Sin embargo, su pregunta no tuvo respuesta y al levantar su vista. Dos grandes caballos corrían despavoridos en su dirección. Silver Dents cubrió su rostro con sus manos, buscando protección del duro impacto del que parecía no salvarse. Para su suerte, el cochero del carruaje tiró de ambos caballos, al darse cuenta de su presencia. Salvándose de un terrible y desastroso accidente que podría haberla llevado a la muerte
—¡Niña!¡Oh Dios Santo!¿Estás bien? — el hombre no se mostraba muy mayor. En cambio, utilizaba un acento marcado y extraño para Silver —Niña, ¿de que agujero saliste tú?¿Qué susto me has dado?
— ¡Acasio!¿Qué está sucediendo?¿Por qué nos detuvimos? — otra voz proveniente del carruaje . Utilizaba el mismo acento, la único diferente era la manera en la que arrastraba las (s) cuando hablaba?
— Don Quito, es una nena. Parece perdida. Casi la dejamos echa pasta — río el hombre ante su comentario
— Una damisela en peligro ¡Qué maravilla , Acasio? Digo.... ¡Oh pobre! — el hablante bajó del carruaje. Mostrando una armadura un tanto antigua, posiblemente del pasado siglo. Zapatos más grandes que su esbelto y delgado cuerpo
— ¡Altísima Señora!¡Es usted tan radiante como hermosa!¿Se ha perdido, bella dama?
Silver no tenía palabras . Ambos personajes no se mostraban en malos terminos . Los observó con cuidado, fijándose bien los detalles importantes. Ejemplo, el carruaje no parecía muy costoso. Sus ropas, también lucían haber tenido mejores tiempo.
A pesar de todo, el larguirucho que acababa de hablar. Poseía un pulsera bastante costosa en su brazo y no hablar de sus espada. Recordaba al hijo del herrero, quién en más de una ocasión coqueteaba descaradamente con ella. Se había tomado la molestia de explicarle la belleza de las espadas. Especialmente, sus precios antendiendo al material que estaba echa. Y la que el hombre llevaba atada en la cintura, debía valer una buena fortuna
El otro, no portaba nada espectacular. Regordete, y amable a primera vista. Usaba ropas sencillas y nada destacable
— Yo ... — fingió timidez y no tardó mucho en solar algunas lágrimas — He perdido a mi familia. No tengo idea dónde estoy y hay dos hombres muy malos persiguiendome
La fingida actuación fue bien recibida y tanto el larguirucho como el regordete, cayeron redondo en su rostro afligido
— ¡Rufianes! — comenzó a gritar el de la espada— ¡Hacer sufrir de semejante manera a una señorita tan dulce, debería ser un pecado castigado con la muerte!
— Niña, no llores ¿Hay algún lugar al que podamos llevarte? — preguntó el otro visiblemente preocupado
— Sí... yo... a la casa de ... — antes de que pudiera hablar. El larguirucho interrumpió
— ¡No se aflija, bella damisela!¡Yo , Don Quito de Predegales, asumiré la noble tarea de devolverla sana y salva a su casa! — finalizó el hombre con grandes aires
Silver abrió ligeramente la boca, más en su interior. Deseaba profundamente torcer sus ojos hasta ponerlos en blanco. No tenía rastro de duda, aquel hombre era uno de esos caballeros de brillante armadura y vacío cerebro. Después de todo , ella parecía una vagabunda con el vestido casi destruido y toda llena de tierra.
— Mushisimas gracias — unas pequeñas lágrimas de cortesía salieron de sus ojos y sonrió con toda la humildad que podía permitirse
— ¿Y cuál es tu nombre, niña? — preguntó el regordete
—Acasio, hombre ¿Cómo le vas a preguntar eso mientras aún está en el suelo?— le regañó Don Quito
— Por supuesto — sonrió el regordete , ayudándola a ponerse de pie — Yo soy Acasio Galeta, un placer conocerla
Silver una vez más quedó impactada. Debía ser una broma , pensó aturdida
— Mi escudero — dijo Don Quito
— Disculpe... — intento decir ella
— Cochero, mayordomo, ayudante, secretario.... — Acasio nombraba cada uno de sus trabajos con sorna. Como si no le molestara el exceso de trabajo al que se enfrentaba
— Disculpen.... — intentó volver a hablar
—¿Es una queja, Acasio?— preguntó Don Quito ofendido
— No señor, no. ¡Imposible!¿Cómo osaría quejarme de se maravilloso trato?
Los dos hombres parecían envueltos en su conversación. Tan inmersos que no escuchaban a Silver, quién poco a poco perdía la paciencia
— Yo solo digo, que otra mano ayudando . No estaría mal — zanjó el hombre
— ¡Acasio!¡Soy un hombre indulgente!¡Le he permitido... — Don Quito enojado , se encontraba listo para lanzar trapos al sol y comenzar una pelea con su compañero cuando la voz de la chica llamó su atención
—¡Disculpen!— gritó Silver colérica —¡Usted!¿¡Cuál era su nombre!? — le pregunto a Acasio señalandolo con el dedo
— Acasio, niña. Acasio Galeta ¿Me conoce? — preguntó dudativo
—¡Por su puesto que te conoce!¡Suguro a escuchado de nuestras aventuras y desventuras!¡Don Quito de Predegales y su buen escudero, Acasio Galeta! — la risa soberbia del hombre hizo que la poco paciencia de Silver cayera al suelo
— ¡Es una broma!— gritó fuera de sí y comenzará a sacudir su vestido, buscando a la rana —¡Este no era el trato!¡La Casa de Galletas no Acasio Galeta?¿¡Qué clase de estupidez es esta!?
Los dos hombres la miraron fuera de sí. Observando como intentaba romper aún más sus prendas. Jalando su cabello, zapateando descalza sobre la tierra y gritando groserías de un lado a otro. Pronto se dieron cuenta que su frágil actitud, tal vez , era solo eso. Una actuación bien elaborada
O solo estaba fuera de sus cabales
—Don Quito — murmuró Acasio — Creo que la nena, no se encuentra bien de aquí — dijo tocando su cabeza con el dedo índice