geomijul
Got me, got me, got me

Hyunjin no siempre fue un vagabundo. Creció en los callejones llenos de luces apagadas de Busan, criado por un padre mecánico y una madre enfermera. Cuando tenía diecisiete años, su padre fue inculpado por corrupción en el taller donde trabajaba. A pesar de la falta de pruebas, los medios lo devoraron vivo. Su madre, ya debilitada por la leucemia, murió seis meses después. Hyunjin quedó solo, sin rumbo y con la vergüenza pegada a la piel como una segunda capa.
Buscó trabajo, vendió bocadillos en estaciones de metro, y durmió en pensiones de mala muerte. Pero algo más lo mordía desde dentro: la culpa. Poco a poco se fue hundiendo, alimentándose solo de migajas y de los recuerdos de su madre. En el invierno más cruel, se rindió. Desde entonces, vivía con una mochila rota y una mirada que nadie quería cruzar.
Su-Hee
Por las mañanas, Su-Hee era la joya del vecindario. Café en mano, sonrisa cálida, ayudaba a los ancianos a cruzar la calle y cuidaba a su gato blanco, Dango. Pero por las noches... se transformaba. Un largo abrigo negro, maquillaje como pintura de guerra, y una pistola adornada con perlas ocultas en su cinturón.
Su historia comienza en Daegu, donde vio a su hermana ser devorada por las drogas que distribuía una red de criminales bajo protección policial. Prometió vengarse. Se entrenó en lucha cuerpo a cuerpo, aprendió a manipular, seducir, desaparecer en la sombra. Cuando llegó a Busan, ya era conocida como "Venom"-la mujer que mordía a los monstruos y los hacía sangrar justicia.
Una noche lluviosa, Hyunjin observó cómo un hombre corpulento caía al suelo en un charco de sangre frente al muelle. De las sombras, emergió Su-Hee. Pero algo cambió en ella cuando vio los ojos de Hyunjin-no miedo, sino vacío. Ella le ofreció un paraguas. Él la rechazó.
Hyunjin comenzó a notar la contradicción en Su-Hee el segundo día que recibió comida envuelta en tela sedosa. Por la mañana, ella le hablaba como si lo conociera de toda la vida-le ofrecía pan recién horneado, un abrigo que "le sobraba", y una sonrisa que iluminaba hasta los rincones más oxidados del callejón.
Pero en las madrugadas, cuando el frío convertía las aceras en cuchillas invisibles, Hyunjin veía cosas que no podían ser reales. Desde su refugio improvisado, cubierto de cartones húmedos, observaba sombras moverse con precisión letal. La figura femenina con botas negras y ojos gélidos no se parecía en nada a la Su-Hee del día. Sus movimientos eran elegantes, casi poéticos, y sin embargo... cada gesto terminaba en sangre. Era como ver a una flor asesina florecer entre balas.
Una noche, Hyunjin se aferró a su cobija como si fuera armadura.
"¿Por qué sonríe como si fuera inocente? ¿Cómo puede matar sin parpadear? ¿Y por qué... me ayuda?"
La confusión lo carcomía. Su mente quebrada intentaba unir dos imágenes incompatibles: la chica que le dejaba ramen con huevo perfectamente cocido... y la sombra que arrastraba cuerpos en los callejones detrás de la terminal.
"¿Me está manipulando? ¿Soy su próximo objetivo? ¿O... ella ve algo en mí que ni yo he descubierto?"
A la mañana siguiente, cuando ella se agachó para entregarle un termo con té caliente, Hyunjin la miró a los ojos por primera vez. Y vio algo: cansancio.
No en su sonrisa, sino detrás de ella. Como si llevar dos caras la estuviera desmoronando lentamente.
Él susurró:
-Anoche te vi.
Su-Hee no respondió. Solo parpadeó... y dejó el té sobre su caja, junto con una pequeña nota:
"Todos tenemos un veneno. El mío sólo actúa cuando hay luna."
Hyunjin no la comprendía, pero ella solo le dió una sonrisa y se marchó diciéndole que por favor se alimentara.
Eso confundío a Hyunjin a más no poder.
Los días comenzaron a teñirse de una rutina extraña para Hyunjin. Cada mañana, antes de que el sol terminara de romper la niebla de Busan, Su-Hee aparecía con algo nuevo entre las manos. A veces era una manta gruesa, tejida a mano, con hilos rojos como venas. Otras veces, una caja de comida caliente con arroz, kimchi y pescado al vapor, envuelta con cuidado como si fuera un obsequio de cumpleaños. Incluso llegó a dejarle un libro viejo de poesía coreana, con páginas marcadas por alguien que había llorado sobre ellas.
Hyunjin no sabía qué pensar.
Su-Hee nunca se quedaba mucho tiempo. Le dejaba los objetos con una sonrisa suave, a veces con un gesto de cabeza, y desaparecía entre los callejones como si fuera parte del humo.
Él comenzó a esperar esos momentos. No por la comida, ni por el abrigo... sino por la presencia. Por esa contradicción que lo mantenía despierto por las noches.
Cada regalo parecía tener un mensaje oculto.
La manta: "No estás solo."
El libro: "Todavía puedes sentir."
Un día, le dejó una pulsera de cuero desgastado, con un pequeño colgante en forma de luna. Hyunjin la sostuvo entre sus dedos por horas.
"¿Es una señal? ¿Un símbolo de algo que compartimos? ¿O simplemente un objeto sin intención?"
Lo que Su-Hee no sabía era que Hyunjin la observaba cada noche. Desde su rincón sucio y desamparado, la veía transformarse en sombra, en cazadora, en justicia encarnada.
Y cada mañana, cuando ella volvía a ser luz, él se preguntaba si alguna parte de esa oscuridad también le pertenecía.
Tal vez era la necesidad de entender, o el miedo disfrazado de curiosidad. Esa noche, cuando Su-Hee dejó una bufanda tejida sobre su caja, él esperó a que se alejara. Luego, con pasos silenciosos y el corazón latiendo como tambor de guerra, la siguió.
Las calles de Busan estaban envueltas en una niebla espesa, como si la ciudad misma quisiera ocultar lo que estaba por suceder. Su-Hee caminaba con una seguridad inquietante, como si cada sombra le perteneciera. Hyunjin se escondía detrás de postes, contenedores, y autos abandonados, observando cómo la dulce chica del día se deshacía capa por capa.