Año 2000.
La lluvia caía incesante, la luna y las estrellas se desvanecieron tras densas nubes en el firmamento; el viento helado desalentó a aventurarse incluso a los más intrépidos. Resultaba uno de esos momentos en los que salir carecía de toda lógica. Los habitantes de aquel pequeño pueblo conocían muy bien que en tal época del año el frío se intensificaba, obligándolos a resguardarse en sus hogares, esperando pacientemente a que la intensa tormenta desistiera.
Algunos aseguraban que durante el implacable aguacero se podían percibir los lamentos de espíritus atormentados, generando más susceptibilidad y temor a abandonar la seguridad de sus recintos, ignorando todo aquello que pudieran percibir.
Curiosamente, aquella noche los alaridos no se trataban de fuerzas sobrenaturales; más bien era el resultado de varios hombres que perseguían algo con frenesí.
Una joven se desplazaba con rapidez, vestida con una capa de color carbón, una larga falda gris y un sombrero de ala ancha que cubría su rostro. Bajo su manto, ocultaba con cuidado a un bebé envuelto en mantillas azules.
En su incansable carrera por las calles desiertas, apenas iluminadas por el titileo intermitente de unas pocas farolas, atravesó un tramo enlodado; las salpicaduras de agua y tierra se adherían a su indumentaria, convirtiendo las puntas de su capa y falda en un pesado fango que obstaculizaba su avance. A pesar de ello, su velocidad menguada no le importaba.
Al final del sendero empedrado, vislumbró la silueta de una pequeña plazuela bañada por la tenue luz de dos casas. El deseo de gritar, de pedir socorro, se apoderaba de ella, pero el miedo la silenciaba. Temía que sus perseguidores la escucharan.
El bullicio de los cazadores resonaba cada vez más cerca. Desesperada, buscó cómo esconder al bebé. Al llegar al final de la calzada, giró tan rápido como la velocidad se lo permitió; encontró una capilla de piedra rodeada de árboles y monumentos. Apresuró el paso hacia la puerta. Intentó abrirla, pero el nítido sonido de las marchas la paralizó.
Con el tiempo agotado, aprovechó la tenue iluminación para descubrir una estatua majestuosa: un ángel de alas desplegadas, la mirada fija en el cielo. Su tamaño le permitió ocultarse sin esfuerzo bajo su sombra, quedando fuera de la vista.
Abrazó a la criatura con fuerza y lo meció para calmar sus llantos. Una mano libre cubrió su boca, conteniendo sus propios gritos. A pesar del miedo, intentó mantener la calma; aguardó en silencio mientras los perseguidores continuaban su búsqueda.
—No temas, mamá está aquí —jadeó y beso su frente.
—¡Busquen bien! ¡No puede estar lejos! —rugió una voz masculina. El chapoteo del lodo bajo las botas de los hombres se escuchaba a pocos metros—. Tenemos rodeado todo este maldito pueblo; no podrá librarse de nosotros.
Comprendió que el final estaba cerca. Con manos temblorosas, deshizo el nudo de su túnica; sostuvo al bebé con la otra e improvisó una cuna con su propio manto a los pies del ángel. Se quitó el collar de oro, una rosa gris grabada con su apellido, y lo enredó en la manita del infante. Colocó su sombrero sobre su carita para protegerlo de la lluvia y cubrió el bulto con hojas caídas, dejando apenas un rastro de tela azul visible.
—Recuerda... mamá y papá te aman —susurró, con la voz quebrada—. Siempre estaremos contigo.
Se levantó de golpe y echó a correr en dirección contraria, gritando con todas sus fuerzas para atraer a los cazadores. El clima y la escasa luz de las farolas le impedían ver hacia dónde se dirigía. Tenía la desventaja de que aquellos hombres traían linternas; pudo ver la luz reflejada en sus pies; estaban cerca.
—¡Por allá, no la dejen escapar! —gritó un hombre de traje gris.
Discernió el destello de una luz tenue y, a medida que avanzaba, identificó una pequeña casa de madera con la puerta entreabierta. Su mirada capturó la figura de un joven que, al percatarse de su presencia, amplió aún más la puerta de su morada. A medida que se aproximaba al joven, notó la expresión horrorizada en su rostro y un fragmento de metal largo en la mano.
—¡Por aquí! —exclamó el joven.
Las voces y pisadas de los rastreadores se intensificaban. Al darse la vuelta para evaluar la proximidad de sus perseguidores, cometió un gran error al no percatarse de una roca en su camino y tropezó de manera inevitable. El joven, al presenciar la caída, corrió en su auxilio.
—¡No...! ¡Vete! ¡Al ángel... ve al ángel! —El muchacho se detuvo abruptamente al escuchar los gritos que se aproximaban. Observó a la mujer, quien insistía en suplicar que se alejara.
En respuesta, el joven retrocedió y se ocultó tras una roca, justo cuando los hombres la alcanzó. Impotente, observó cómo los hombres atrapaban a la muchacha y la agarraban por los cabellos. Por fortuna, pasó desapercibido para ellos. Su atención se centrada exclusivamente en la figura de la joven que yacía en el suelo.
— ¿Creíste que podrías escapar, Sasha? —inquirió el hombre con un atisbo de risa—. ¿Pensaste que nunca te encontraríamos? ¿Creíste estúpidamente que podrías burlarte de la Guardia?
—Tú y tu maldita Guardia pueden irse al infierno, Graham —escupió Sasha, mirándolo con desprecio.
Graham la abofeteó con desdén y se limpió la mano con un pañuelo de seda mientras otros dos individuos del grupo la inmovilizaron, impidiendo cualquier intento de fuga. El resto de la banda observó con expresiones de triunfo y superioridad.
La sangre que fluía por el rostro maltratado de Sasha se combinó con sus lágrimas y las gotas de lluvia.
—¡No permitiré tus blasfemias sobre la Guardia! Has cometido un pecado grave y ahora rendirás cuentas ante el Consejo.
—Vete al infierno, Graham. —Lanzó Sasha con desafío, provocando otro golpe que la hizo escupir más sangre, pero ella mantuvo una mirada llena de odio hacia Graham—. Mataste a Rupert... por eso te maldigo. ¡Que tu alma nunca encuentre la paz y mueras de la peor manera posible, bastardo!
Editado: 24.06.2026