—Y con esta última canción, cerramos la programación de la noche. Disfruten de este clásico de The Rolling Stones, “I Can't Get No”. Nos vemos mañana con el especial, amigos. Deseo que tengan un buen descanso. Buenas noches.
Amelia deslizó el fader de la consola de audio, dejando que la última melodía se reprodujera desde el software de automatización y, con un movimiento ágil, se despojó de los audífonos justo cuando la luz de “AL AIRE” se extinguía en la pared. Casi al unísono, la puerta de la cabina se abrió, dando paso a Óscar, cuyas facciones estaban veladas por el vapor que ascendía de su taza de café.
—Como siempre, genial, Lia. Puedes irte, yo me encargo de apagar todo —dijo, mientras se acomodaba las gafas de montura azul.
—Muchas gracias, Óscar. Ya voy tardísimo; Daniel va a estar furioso conmigo.
Se puso en pie, rescató su chaqueta negra y una bufanda color lavanda del perchero y se la envolvió alrededor del cuello.
—Deséale un feliz cumpleaños de mi parte. Y, por favor, pásate mañana temprano.
—Lo haré, ¡te veo mañana!
Al cruzar la puerta de la estación, una ráfaga de aire gélido le azotó el rostro, obligándola a encogerse tras la lana de su bufanda. Revisó su móvil: seis llamadas perdidas y tres mensajes de su padre, Raúl, urgiéndola a que se apresurara. Ella amaba su programa, "Sintonía Despierta", pero hoy el tiempo se había vuelto su enemigo. Le había prometido a su hermano pequeño, Daniel, llegar para la cena de sus siete años; sin embargo, el reloj le recordaba que ya cargaba con una hora de retraso.
Con los dedos entumecidos, marcó el número de su padre mientras ensayaba mentalmente una disculpa.
—Hola, papá, ya voy. —Articuló apenas escuchó el clic al otro lado de la línea—. Estoy esperando el autobús. Dile a Dani que...
Una ráfaga de viento la azotó con fuerza, desordenando su melena castaña. Al sentir la brisa intensa, cerró los párpados por un instante, permitiendo que la frescura la impregnara. Al abrirlos y retirar un mechón de su rostro, una imagen captó su atención: al otro lado de la calle, una joven cuya cabellera rubia descendía hasta sus hombros en suaves ondas; lucía un vestido color blanco que parecía flotar mientras daba saltitos. A su izquierda, un anciano avanzaba encorvado, su figura contrastando con la energía de la muchacha.
Lo que resultaba peculiar no era solo el vestido corto en plena estación de otoño, sino que la joven parecía brillar con una luz propia. En su cuello, un colgante con un cuarzo blanco destacaba, capturando cada destello de luz de las farolas y reflejándose como si contuviera un pequeño sol.
—¿Cariño? ¿Lia? ¿Estás ahí? —la voz de Raúl irrumpió preocupada.
Ella parpadeó, sintió una opresión de tristeza en el pecho y un impulso absurdo de cruzar la acera para unirse a la chica en su danza silenciosa tras el anciano.
—Sí, papá… el bus llegó. Te veo en casa. —Colgó sin apartar la mirada y abordó el vehículo.
El autobús se encontraba casi desierto. Se acomodó junto al ventanal, observando cómo las primeras gotas de lluvia se escurrían sobre el cristal, formando pequeñas corrientes que parecían deslizarse como lágrimas. El golpeteo persistente del aguacero contra el techo del vehículo era casi apacible, un refugio en medio del caos de sus pensamientos. Su móvil vibró, rompiendo el silencio. Sin examinar la pantalla, respondió con un susurro.
—Papá, ya estoy cerca. Mantén a Daniel ocupado.
—Vaya, no sabía que nos habíamos saltado la parte del noviazgo y ya me habías nombrado padre de tus hijos —la voz de Gabriel sonaba divertida.
Amelia se sonrojó y soltó una risa nerviosa.
—¡Oh, Gabriel! Lo siento, estoy... muy distraída.
—Me di cuenta. Solo quería saber si ya habías salido de la radio. Llámame cuando llegues a tu casa, tengo algo importante que contarte.
—Claro, Gabi. Hablamos luego.
Descendió del transporte y emprendió su caminar por las calles de su vecindario. Se ajustó los audífonos, permitiendo que la melodía de The Smiths la aislara de la hostilidad del viento.
Al doblar la esquina, vislumbró a una muchacha de cabellos morados que corría apresurada hacia su dirección; sus pasos eran torpes, como si estuviera huyendo de algo o de alguien. Y detrás de ella, un joven vestido de blanco avanzaba con rapidez con la mirada fija en la chica.
Amelia se adhirió a la pared justo antes de que la joven impactara contra ella. Su persecutor pasó tan cerca que sintió una ráfaga de aire frígido, dejando un rastro de desasosiego a su paso. La escena se disipó con la misma rapidez que había aparecido; permaneció allí estremeciéndose, preguntándose qué había sido aquella sensación.
—¡Oigan, tengan cuidado! ¡Casi me lastiman!
Pero la calle estaba en silencio. Los pocos vecinos que caminaban por ahí bajo sus paraguas la miraron con confusión.
Se estremeció sintiendo una mezcla de incredulidad e inquietud. El muchacho que seguía a la joven de pelo morado tenía la misma vibra inquietante que la rubia que había seguido al anciano. La sensación de que algo extraño estaba ocurriendo se intensificó en su pecho, y se preguntó si estaba perdiendo la cordura o si realmente había algo más.
Editado: 07.05.2026